El animismo: El posible origen de todas las religiones
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A lo largo de nuestros más de dos millones de existencia, como humanidad, hemos buscado una explicación lógica a los misterios que nos rodean.
Esta necesidad de encontrar una explicación nos llevó a creer en diferentes religiones.
Dicen que la más antigua es el animismo.
Un concepto que abarca una serie de creencias según las cuales, los objetos, las personas o cualquier cosa de la naturaleza, posee un alma y una consciencia propia.
Los seguidores del animismo pensaban que había unos entes espirituales que ocupaban a los seres animados y a los inanimados.
Aunque hay diversas variantes en estas creencias.
El animismo se remonta a épocas antiguas muy anteriores a la aparición de las religiones actuales.
La creencia en un alma es una constante común en muchos tipos de culturas distintas.
Sirve para hallar una explicación o un sentido a la muerte y para establecer un vínculo entre los seres humanos y lo que nos rodea.
Al ser una creencia tan ancestral, hay quienes pensaron que los sucesos naturales, como las tormentas o los ciclones, eran expresiones de una conciencia inteligente.
Sin embargo, hoy en día, en regiones al sur del Sáhara, en territorios de Oceanía, América o del sudeste y centro de Asia, todavía hay gente que venera el animismo.
Opinan que existe el magara, una energía vital universal que une a todos los seres vivos.
Incluso, que vincula a los vivos con las almas de los muertos.
Reconocían que había un gran número de espíritus y deidades y que se podía interactuar con ellos.
Aunque había que realizar ofrendas o sacrificios.
Otro punto de vista compartido es que el alma de nuestros ancestros persiste más allá de la muerte.
Y que se puede recurrir a la mediación de personas sagradas, como los chamanes o los brujos.
El alma puede abandonar nuestro cuerpo en ciertos estados de trance o tras fallecer.
Hubo muchas variantes en este último punto.
Para algunos, el alma permanecía en la tierra.
Y para otros, el alma debía abandonar este mundo o acabaría transformada en un ente malvado y convirtiendo un lugar en maldito.
Hay pruebas de que partes de la religión del Antiguo Egipto se sustentan en los fundamentos del animismo.
Algunos eruditos prefieren cambiar el enfoque y consideran que el animismo es una especie de filosofía que influyó al resto de religiones.
Los antropólogos la explican mediante el mecanismo de hiperdetección de agencia.
En aquel mundo primitivo y hostil, los débiles humanos tenían que permanecer en alerta.
La pareidolia era común, es decir, el ver todo tipo de rostros y cuerpos, tanto humanos como animales, en los elementos naturales.
Y se impuso esa tendencia humana a asumir que hay una entidad, una intención, algo o alguien, detrás de los fenómenos que observaban.
Sin duda, fue una buena adaptación evolutiva.
Por ejemplo: Si escuchabas un ruido en los arbustos…era preferible pensar que era un depredador con una ‘intención’ y refugiarse.
Mejor eso, que no hacer caso y terminar siendo víctima del depredador.
El animismo reguló la convivencia dentro de las comunidades primitivas.
Por ejemplo: si un río tenía espíritu, nadie se atrevía a contaminarlo.
De esta forma se establecieron normas sociales, códigos morales y tabúes basados en el respeto al entorno.
Ya que sí no respetaban estas reglas harían enfadar a los espíritus y atraerían desgracias.
Los rituales mantenían a la comunidad unida.
Las danzas, cantos, pinturas corporales o el entrar en estados de trance.
Unos ritos que solían perseguir lo mismo: asegurar una buena cosecha, una caza abundante y protección frente a las desgracias o las enfermedades.
El animismo también se asocia con el mundo de los sueños.
Los sueños eran la prueba de un mundo doble, el físico y el espiritual.
Los Tótems, las figuras antropomorfas o zoomorfas más los restos hallados de ceremonias funerarias, sustentan esta visión espiritual de la vida.
La estructura mental del animismo aún persiste en expresiones como: la mala suerte, el destino o la vibra de este lugar.
La hiperdetección de agencia se nota en los mensajes ocultos donde sólo hay azar, la sensación de que alguien nos mira, aunque estemos solos.
Y hasta en las teorías de la conspiración o en el pensamiento mágico.
Esta sobrealerta facilitó las tasas de supervivencia.
Por lo tanto, el animismo, más que el germen de las religiones, fue un paquete de creencias básicas, universales y elementales muy antiguas.
Que incluyeron:
El culto a los antepasados, la sacralidad de los elementos naturales: el sol, la luna, el agua, los árboles o las montañas.
Las figuras de la ‘madre naturaleza’ o del padre de la creación.
Chamanes o brujos intermediarios entre el mundo visible y el invisible.
Muchos antropólogos opinan que existió un proto animismo temprano hace unos 100.000 años en grupos de Homo Sapiens en África.
Algunos se remontan hasta los Neandertales.
Cuando esos grupos emigraron, las creencias se diversificaron y evolucionaron en:
Los politeísmos de Mesopotamia, Egipto o Grecia.
Las religiones chamánicas de Siberia y de América.
Los cultos mistéricos.
El monoteísmo.
Y otros sistemas filosófico-espirituales diversos.
Y todo partiendo de cómo nuestro cerebro interpreta el mundo.
Ya que el cerebro humano está programado para buscar patrones.
Y para atribuir una intencionalidad, hasta donde no la hay.
Necesitamos el consuelo de dar sentido a la muerte y hallar una explicación a lo ignoto mediante narraciones simbólicas.
De ahí surgieron mitos parecidos en culturas que nunca se conocieron.
Con el paso de los años, las sociedades se volvieron más complejas y el animismo dio paso a los panteones, a los cultos organizados y a las jerarquías.
En resumen, para muchos investigadores la ciencia puede explicar los fenómenos pero el animismo simboliza el sentido que le damos a las cosas.
Y es una etapa cognitiva universal y no una creencia.
Hoy en día, distintos movimientos espirituales siguen recuperando estos principios del animismo: el neochamanismo, la espiritualidad ecológica o las cosmologías indígenas reinterpretadas.
En el fondo, expresan la intuición de que todo está conectado y de que la naturaleza no es sólo un escenario, sino nuestro interlocutor.
En el presente, ya sea mediante la espiritualidad o la religión, seguimos buscando respuestas a las preguntas esenciales de la existencia humana.