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En algunas culturas, cuando una pareja se casa, la esposa no adopta el apellido de su esposo. En cambio, conserva su apellido de soltera, pero en las presentaciones formales se le presenta con su nombre completo, y de el apellido de su esposo.
Esa pequeña palabra —DE— encierra un profundo significado.
Significa pertenencia. Ahora forma parte de ese hogar, de esa familia.
Algunos movimientos feministas modernos podrían interpretar esto como: "Ahora ella pertenece a su esposo".
Desde esa perspectiva, la idea puede resultar incómoda. Pero si la vemos a través del lente de la antigua tradición judía, y lo que es más importante, a través de la verdad bíblica, encontramos algo más profundo.
Las Escrituras nos dicen que el esposo y la esposa dejan a su padre y a su madre y se convierten en una sola carne.
Se forma un nuevo hogar. Comienza una nueva historia.
Que una mujer adopte o no el apellido de su esposo no es lo importante.
Lo que importa es que ahora pertenece a algo nuevo, a una vida compartida, a un futuro compartido, a un propósito compartido.
Se está construyendo un nuevo hogar.
Y eso me hizo pensar…
Cuando venimos a Cristo, ¿experimentamos algo similar?
¿Acaso, en un sentido espiritual, tomamos Su nombre?
La Biblia nos dice que en Cristo ya no somos extraños.
Somos incorporados a Su familia.
Somos injertados en Su linaje.
Le pertenecemos.
Las Escrituras nos dicen que Él está sentado a la diestra del Padre, intercediendo por nosotros, pronunciando nuestros nombres.
Entonces, si somos parte del linaje de Jesucristo, si pertenecemos a Su familia, ¿llevamos Su nombre?
¿Somos conocidos como Suyos?
Algo para reflexionar.
Mientras tanto, regocijémonos: el Salvador del mundo se nos adelantó para ir a prepararnos algo mejor para nuestra eternidad, y como somos de Su familia, ¡tenemos acceso al Hogar Familiar!
BW
By Berta P. WeyenbergEn algunas culturas, cuando una pareja se casa, la esposa no adopta el apellido de su esposo. En cambio, conserva su apellido de soltera, pero en las presentaciones formales se le presenta con su nombre completo, y de el apellido de su esposo.
Esa pequeña palabra —DE— encierra un profundo significado.
Significa pertenencia. Ahora forma parte de ese hogar, de esa familia.
Algunos movimientos feministas modernos podrían interpretar esto como: "Ahora ella pertenece a su esposo".
Desde esa perspectiva, la idea puede resultar incómoda. Pero si la vemos a través del lente de la antigua tradición judía, y lo que es más importante, a través de la verdad bíblica, encontramos algo más profundo.
Las Escrituras nos dicen que el esposo y la esposa dejan a su padre y a su madre y se convierten en una sola carne.
Se forma un nuevo hogar. Comienza una nueva historia.
Que una mujer adopte o no el apellido de su esposo no es lo importante.
Lo que importa es que ahora pertenece a algo nuevo, a una vida compartida, a un futuro compartido, a un propósito compartido.
Se está construyendo un nuevo hogar.
Y eso me hizo pensar…
Cuando venimos a Cristo, ¿experimentamos algo similar?
¿Acaso, en un sentido espiritual, tomamos Su nombre?
La Biblia nos dice que en Cristo ya no somos extraños.
Somos incorporados a Su familia.
Somos injertados en Su linaje.
Le pertenecemos.
Las Escrituras nos dicen que Él está sentado a la diestra del Padre, intercediendo por nosotros, pronunciando nuestros nombres.
Entonces, si somos parte del linaje de Jesucristo, si pertenecemos a Su familia, ¿llevamos Su nombre?
¿Somos conocidos como Suyos?
Algo para reflexionar.
Mientras tanto, regocijémonos: el Salvador del mundo se nos adelantó para ir a prepararnos algo mejor para nuestra eternidad, y como somos de Su familia, ¡tenemos acceso al Hogar Familiar!
BW