A través de una puerta de cristal, observo unas flores moviéndose bajo una sombrilla abierta.
Se mecen suavemente de un lado a otro.
No puedo ver el viento que las mueve. Desde donde estoy, ni siquiera puedo sentirlo.
No sé si el aire afuera está frío o caliente. En realidad, no sé cómo se siente el clima allá afuera.
Lo único que puedo ver es el resultado del viento actuando en este momento.
Y mientras observaba, pensé: la fe funciona de una manera muy parecida.
No siempre vemos lo que está sucediendo.
No siempre conocemos el resultado final. A veces, ni siquiera entendemos las condiciones que nos rodean.
Sin embargo, la creencia, la convicción y la fe mueven nuestro corazón.
Mueven nuestras emociones.
Y algunas veces, hasta nos mueven a actuar.
No porque podamos verlo todo.
No porque podamos entenderlo todo.
No porque sepamos exactamente hacia dónde vamos.
Sino porque creemos.
No necesito sentir el viento para saber que está ahí.
Puedo ver las flores moverse.
Puedo ver la sombrilla respondiendo a algo invisible.
Y tal vez esa sea una de las maneras más sencillas de entender la fe.
A veces estamos detrás del cristal, sin poder sentir lo que está sucediendo al otro lado.
No podemos ver el viento, pero podemos reconocer su movimiento por aquello que toca.
La fe nos invita a hacer lo mismo.
A confiar más allá de lo que podemos ver. A reconocer que algo puede estar moviéndose aun cuando nuestros sentidos no puedan confirmarlo.
Y a permitir que esa convicción también nos mueva, aun cuando no entendamos completamente el clima que nos rodea.
Hoy, si no puedes ver lo que está sucediendo más allá del cristal, mira otra vez.
Quizás no puedas ver el viento.
Quizás no puedas sentir el viento.
Pero tal vez la evidencia ya se está moviendo justo frente a ti.