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Cuando empecé a aprender inglés,
Había muchas palabras que me parecían imposibles de pronunciar.
Pero una, en particular, me era difícil:
*Squirrel* (ardilla).
No por su significado...
sino por la sensación que producía en mi boca.
En el idioma español no tenemos palabras que empiecen con «S» de esa manera.
Así que decir *squirrel* resultaba antinatural,
casi como si mi lengua no supiera dónde empezar.
Como muchos estudiantes de idiomas,
la evitaba.
Buscaba otras formas.
Otras palabras.
Caminos más fáciles.
Has pensado que, tal vez... ¿hacemos lo mismo en la vida?
Porque, a veces,
no son sólo las palabras de otro idioma las que resultan difíciles de decir.
A veces, son palabras ligadas a nuestras emociones más profundas.
Tengo una amiga muy querida cuyo hijo falleció en un trágico accidente,
y, para ella, pronunciar su nombre es todo un desafío.
Porque, al decirlo,
no está diciendo simplemente un nombre;
está adentrándose en sus recuerdos...
recuerdos llenos de amor, pero también de dolor.
Hay palabras que apenas podemos susurrar
porque cargan emociones demasiado pesadas para soportarlas.
Una frase como «Perdí mi trabajo...»
o «Perdí mi hogar...»,
se siente demasiado real al pronunciarla en voz alta.
Un número... una fecha... un recuerdo...
que nos transporta a lugares que no estamos seguros si queremos volver a ellos.
Todos tenemos nuestra propia «ardilla».
Una palabra, una frase, un momento
que intentamos evadir en lugar de atravesar.
Pero hoy quiero invitarte, delicadamente,
a no evitarla,
sino a enfrentarla.
A pronunciarla.
A sentarte con ella.
A abrazar no sólo el desafío...
sino el momento que este conlleva.
Porque la vida siempre pondrá palabras difíciles en nuestro camino.
¿Pero el coraje?
El coraje siempre está a nuestro alcance.
Pronúnciarla de todos modos;
porque, a menudo,
el coraje comienza con una sola palabra temblorosa.
By Berta P. WeyenbergCuando empecé a aprender inglés,
Había muchas palabras que me parecían imposibles de pronunciar.
Pero una, en particular, me era difícil:
*Squirrel* (ardilla).
No por su significado...
sino por la sensación que producía en mi boca.
En el idioma español no tenemos palabras que empiecen con «S» de esa manera.
Así que decir *squirrel* resultaba antinatural,
casi como si mi lengua no supiera dónde empezar.
Como muchos estudiantes de idiomas,
la evitaba.
Buscaba otras formas.
Otras palabras.
Caminos más fáciles.
Has pensado que, tal vez... ¿hacemos lo mismo en la vida?
Porque, a veces,
no son sólo las palabras de otro idioma las que resultan difíciles de decir.
A veces, son palabras ligadas a nuestras emociones más profundas.
Tengo una amiga muy querida cuyo hijo falleció en un trágico accidente,
y, para ella, pronunciar su nombre es todo un desafío.
Porque, al decirlo,
no está diciendo simplemente un nombre;
está adentrándose en sus recuerdos...
recuerdos llenos de amor, pero también de dolor.
Hay palabras que apenas podemos susurrar
porque cargan emociones demasiado pesadas para soportarlas.
Una frase como «Perdí mi trabajo...»
o «Perdí mi hogar...»,
se siente demasiado real al pronunciarla en voz alta.
Un número... una fecha... un recuerdo...
que nos transporta a lugares que no estamos seguros si queremos volver a ellos.
Todos tenemos nuestra propia «ardilla».
Una palabra, una frase, un momento
que intentamos evadir en lugar de atravesar.
Pero hoy quiero invitarte, delicadamente,
a no evitarla,
sino a enfrentarla.
A pronunciarla.
A sentarte con ella.
A abrazar no sólo el desafío...
sino el momento que este conlleva.
Porque la vida siempre pondrá palabras difíciles en nuestro camino.
¿Pero el coraje?
El coraje siempre está a nuestro alcance.
Pronúnciarla de todos modos;
porque, a menudo,
el coraje comienza con una sola palabra temblorosa.