Antes que existieran las palabras,
Dios infundió ritmo al mundo.
Antes de que existieran las canciones,
tejió la melodía en la creación.
Los océanos aprendieron su compás de Él.
El viento aprendió a cantar.
Nuestros corazones aprendieron a latir en constante entrega.
La música toca el alma.
La música tiene la capacidad de traspasar nuestras defensas.
Antes de que comprendamos las palabras,
antes que la melodía se forme completamente en nuestra mente,
el sonido llega directamente al corazón.
Habla un lenguaje más antiguo que el idioma,
un lenguaje de ritmo, aliento y emoción.
La música trae consigo recuerdos que creíamos olvidados.
Despierta sentimientos que pensábamos que se habían curado o desvanecido.
Consuela lo frágil
y remueve lo que ha estado reposando en silencio dentro de nosotros.
Y así, cuando la música nos alcanza,
cuando una armonía suaviza nuestro espíritu
o un ritmo despierta la alegría,
no solo estamos escuchando.
Estamos recordando.
Estamos haciendo eco de la voz del Creador,
respondiendo a la belleza que Él puso dentro de nosotros.
En ese intercambio sagrado,
el disfrute se convierte en reverencia,
el deleite se convierte en devoción,
y el sonido se convierte en adoración.
Porque cada nota que eleva el alma
es una invitación a alabar a Aquel
que concibió la música antes del comienzo del tiempo. 🎶