Cuando pensamos en el director de una orquesta,
solemos imaginar a alguien elegantemente vestido,
de pie frente a los músicos y de espaldas al público.
Pensamos en la presentación misma: el gran momento, las luces, los aplausos.
Pero el trabajo del director comenzó mucho antes de esa noche.
El director escoge la música.
Estudia cada partitura.
Dirige cada ensayo.
Ajusta el ritmo.
Escucha la armonía.
Corrige lo que está fuera de tono.
Presta atención a detalles que el público quizás nunca note.
La belleza de la presentación no se crea en una sola noche.
Se orquesta a través de innumerables momentos invisibles.
Quizás por eso solemos decir que algunas cosas están “divinamente orquestadas”.
Sin embargo, cuando usamos esa expresión, a veces olvidamos los detalles.
Olvidamos el tiempo preciso.
La preparación.
Las pausas.
Los ajustes.
Y las personas colocadas exactamente donde debían estar.
Y hoy me pregunto:
¿Cuál es tu instrumento en la gran orquesta de la vida?
Tal vez no eres el violín que lleva la melodía.
Tal vez no eres la trompeta que anuncia la entrada triunfal.
Quizás eres quien coloca las partituras en cada atril antes de que lleguen los músicos.
Quizás eres quien ajusta las luces.
Quizás eres quien mueve los equipos detrás del escenario.
O quizás eres quien permanece después del último bis,
recogiendo micrófonos, acomodando las sillas
y cerrando la puerta cuando la noche termina.
Sea cual sea tu función, importa.
Porque cada miembro del conjunto contribuye a la belleza de la música.
El Director conoce cada parte.
Ninguna asignación es accidental.
Ninguna posición es insignificante.
Ninguna contribución es demasiado pequeña.
No llegaste a esta orquesta por casualidad.
Fuiste escogido para tu papel.
Y ya sea que tu participación sea visible o escondida,
que tus notas sean muchas o pocas,
tu responsabilidad sigue siendo la misma:
Escucha al Director.
Interpreta tu parte con fidelidad.
Da lo mejor de ti.
Confía en la partitura, aun cuando no puedas escuchar la sinfonía completa.
Porque el objetivo no es ser el instrumento más fuerte.
El objetivo no es recibir los aplausos.
El objetivo es ayudar a que la orquesta produzca algo hermoso.
Así que hoy, no menosprecies la música de tu papel.
Tócala bien.
Sigue al Director.
Y escucha atentamente la melodía que se está desarrollando a tu alrededor.
Porque en las manos del Gran Director,
incluso la nota más pequeña tiene un propósito dentro de la sinfonía!