Actuar como Don Tancredo y quedarse quieto cuando te llega la ola encima, solo funciona en los toros que reaccionan al movimiento; pero no cuando te convierte en el Perro del Hortelano. Si siempre hay que reflexionar las medidas a adoptar en momentos de tribulación, y más si se está en un cargo público, eso no quiere decir que no haya que actuar cuando la situación lo requiere. Y peor todavía, mantener un equilibrio ficticio, para ocultar lo que está decidido por miedo al efecto social que pueda producir: mejor la economía que la salud. Así las medidas que exigen los expertos como imprescindibles y único paliativos frente a la crisis, se anclan y se someten a un cálculo político que las paraliza. La gestión se convierte así en un hacer sin hacer, donde se rechaza lo que previamente se había solicitado, y donde el ciudadano se pierde en este juego de Donde dije digo, digo Diego. Triste metáfora del Asno de Buridan que murió por no saber elegir entre el cubo de avena y el cubo de agua. Lo malo es que los que mueren aquí son las personas.