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Durante la rueda de prensa para hacer balance de la visita del Papa a España, le preguntaron ayer a don Luis Argüello por el aplauso prolongado y unánime con el que los diputados y senadores acogieron el discurso de León XIV en el Congreso, aplauso que puede resultar sorprendente por diversas razones, y que ha sido objeto de numerosas interpretaciones y de no pocas críticas de comentaristas más que irritados. El presidente de la Conferencia Episcopal, que tiene la habilidad probada de “descolocar” porque sus respuestas no encajan en los esquemas precocinados de muchos, lanzó una reflexión que es también una interpelación: “¿Y si creemos que el Misterio existe? ¿Y si creemos que el asombro de lo católico puede tocar el corazón y, en medio de la polarización y de sentirse presos de su propio vértigo, hay deseo de encontrar un punto de fuga? ¿Por qué no?”
De todo lo que he leído al respecto, esto es, con mucho, lo mejor. Desde luego, a mí me corrige la mirada. Yo no sé por qué los diputados y senadores aplaudieron de ese modo. Nadie les obligaba, la cortesía no lo exigía… y a muchos (estoy por decir que a la mayoría) varios párrafos del discurso no es que pudiera molestarles, es que les rompía por el eje. Desde luego, el papa no fue complaciente. Fue, eso sí, respetuoso al máximo, equilibrado, razonable. No pronunció un “sermón”, como sostienen algunos indignados, sino un discurso cargado de razón ética y política, nutrido evidentemente por el Evangelio y la Tradición de la Iglesia. No puedo reprimir la sospecha de que bastantes de los que aplaudieron han empezado a arrepentirse ya. Pero me parece más inteligente y verdadero lo que sugiere don Luis: ¿y si hubo un momento en que, de izquierda a derecha, muchos se dieron cuenta de que aquel hombre vestido de blanco decía algo imponente, algo que podría señalar la ruta en medio de la incertidumbre y la estéril batalla dialéctica de todos los días?
By COPEDurante la rueda de prensa para hacer balance de la visita del Papa a España, le preguntaron ayer a don Luis Argüello por el aplauso prolongado y unánime con el que los diputados y senadores acogieron el discurso de León XIV en el Congreso, aplauso que puede resultar sorprendente por diversas razones, y que ha sido objeto de numerosas interpretaciones y de no pocas críticas de comentaristas más que irritados. El presidente de la Conferencia Episcopal, que tiene la habilidad probada de “descolocar” porque sus respuestas no encajan en los esquemas precocinados de muchos, lanzó una reflexión que es también una interpelación: “¿Y si creemos que el Misterio existe? ¿Y si creemos que el asombro de lo católico puede tocar el corazón y, en medio de la polarización y de sentirse presos de su propio vértigo, hay deseo de encontrar un punto de fuga? ¿Por qué no?”
De todo lo que he leído al respecto, esto es, con mucho, lo mejor. Desde luego, a mí me corrige la mirada. Yo no sé por qué los diputados y senadores aplaudieron de ese modo. Nadie les obligaba, la cortesía no lo exigía… y a muchos (estoy por decir que a la mayoría) varios párrafos del discurso no es que pudiera molestarles, es que les rompía por el eje. Desde luego, el papa no fue complaciente. Fue, eso sí, respetuoso al máximo, equilibrado, razonable. No pronunció un “sermón”, como sostienen algunos indignados, sino un discurso cargado de razón ética y política, nutrido evidentemente por el Evangelio y la Tradición de la Iglesia. No puedo reprimir la sospecha de que bastantes de los que aplaudieron han empezado a arrepentirse ya. Pero me parece más inteligente y verdadero lo que sugiere don Luis: ¿y si hubo un momento en que, de izquierda a derecha, muchos se dieron cuenta de que aquel hombre vestido de blanco decía algo imponente, algo que podría señalar la ruta en medio de la incertidumbre y la estéril batalla dialéctica de todos los días?