El gobierno de México no se cansa de triunfar.
Ahora logró en la prueba PISA una de esas victorias que sólo parecen derrotas cuando los malintencionados se fijan nada más en los indicadores fifís, como el conocimiento y las habilidades académicas, y no en los que de verdad importan, como el cuidado de los sentimientos de los alumnos y la igualdad.
Durante décadas, el régimen nos prometió igualdad: igualdad de oportunidades, igualdad ante la ley, igualdad sustantiva, igualdad de género y cualquier otra igualdad que asegurara el voto de los que no son, pero quieren ser iguales, y todas fracasaron por el mismo defecto de fábrica: nunca falta el rebelde que destaca, que gana más, que saca diez, que sabe cuánto es ocho por siete sin necesidad de recurrir a la calculadora.
PISA 2025 nos comprueba que vamos por el camino correcto hacia la desaparición de esa injusticia: México obtuvo 388 puntos en matemáticas, siete menos que en 2022, y apenas medio por ciento de sus estudiantes alcanzó los niveles altos de desempeño. La excelencia dejó de ser una élite porque prácticamente dejó de existir.
Los comentócratas de siempre no tardaron en afirmar que esto es un “fracaso”. Destacan que estamos setenta y cinco puntos debajo del promedio de la OCDE, que siete de cada diez morrillos no llegan al nivel básico de matemáticas y que llevamos un cuarto de siglo educando generaciones incapaces de dividir cuarenta entre cuatro.
Pero fracaso sería intentar llegar a un objetivo y no poder. Entregar un sótano cada vez más bajo durante cinco sexenios consecutivos, con gobiernos de todos los colores, secretarios cada vez más feos, libros cada vez más chafas y un estudiante que cada vez puntúa más cerca del límite del retraso mental, requiere de un sistema eficaz que entregue de manera consistente cada vez peores resultados. Es decir, lo contrario a un fracaso.
Porque la verdadera hazaña no está en los números paupérrimos sino en lo que abolieron. Durante generaciones la escuela mexicana toleró al niño aplicado, el que levantaba la mano para responder, el que terminaba primero los exámenes, el que iba al concurso de matemáticas, o sea, el que los demás esperábamos afuera para partirle en su madre por ñoño. Ese güey era una amenaza para la cohesión social, porque la excelencia tiene algo fundamentalmente antidemocrático: distingue, separa, permite que alguien presuma «yo sí entendí» frente a otros que todavía agregan una ese parasitaria al final del pretérito perfecto simple de la segunda persona, y nada genera más resentimiento que descubrir que el compañero de al lado sí aprovechó la hora de clase que uno dedicó a dibujar vergas en la libreta.
Con sólo el medio por ciento de los estudiantes sobresaliendo, ese problema quedó resuelto: si casi nadie llega tan arriba, nadie tiene por qué sentirse tan abajo, y al que insista en destacar siempre podremos neutralizarlo con insultos en rima consonante. Ni la revolución cubana había logrado tanta igualdad.
En otras latitudes siguen atrapados en el pasado. Singapur, que nos saca ciento setenta y cinco puntos, Japón, Corea y demás sociedades de monos chinos obsesionadas con que los niños tengan habilidades anticuadas, como sumar y restar, siguen empeñadas en distinguir al que aprende del que no y en medir resultados como si la escuela tuviera la extravagante obligación de enseñar.
La raza cósmica ya evolucionó: entendimos que el objetivo de la educación no tiene por qué ser que los alumnos aprendan, también puede ser que pasen de año sin muchas angustias, que vayan a la escuela a hacer bulto, que hagan el mínimo esfuerzo, que salgan con su certificado que en la vida real tampoco les va a servir de mucho porque ya nadie quiere ser licenciado ni ingeniero ni tener que perfumarse para ir a una oficina.
Por algo en 2023 la SEP tuvo el buen tino de poner en duda la participación de México en la prueba, no porque nos avergüence basar nuestra noción del éxito en otros datos, sino porque llega un punto en que nos cansa que vengan extranjeros injerencistas cada tres años a preguntarnos si ya aprendimos qué es el mínimo común múltiplo.
No nos presionen; estamos trabajando en nuestros propios indicadores. Y todavía hay margen, porque debajo de México aún nadan de muertito algunas naciones, lo que significa que el proyecto no está terminado: queda espacio para profundizar la igualdad, democratizar un poco más la ignorancia y perseguir el sueño definitivo de todo sistema que desconfía del mérito, que es que absolutamente nadie tenga la insolencia de levantar la mano.
Ese día por fin podremos decir, con el orgullo del deber cumplido, que ningún niño se quedó atrás. O más bien, que ninguno se quedó adelante.
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