Dartmouth College, Hanover, Nuevo Hampshire. Agosto de 1996. Un laboratorio
limpio, bien iluminado, con el silencio característico de los espacios dedicados a la
investigación rigurosa. Karen Wetterhahn, profesora titular de química y una de las
toxicólogas más respetadas del país, prepara un experimento rutinario. Su objetivo:
calibrar un espectrómetro de masas para analizar trazas de mercurio en muestras
ambientales. Sobre la mesa, un pequeño frasco de dimetilmercurio—(CH₃)₂Hg—, un
compuesto organometálico poco común, extraordinariamente tóxico, pero útil en
investigaciones de punta sobre contaminación por metales pesados.