La figura del ciervo tiene un papel de gran relevancia simbólica en numerosas tradiciones de los pueblos antiguos. Para los celtas era el de conductor de los espíritus y en la antigua Roma, era símbolo místico al que se le atribuía la capacidad de elegir las plantas más curativas.
En otras culturas ha sido asociado con el árbol de la vida por la similitud entre las ramas y su cornamenta. El proceso del apareamiento ha propiciado que el ciervo sea considerado todo un símbolo de la renovación, puesto que su cornamenta se renueva y este proceso de regeneración se vincula con la vida.