SÁBADO IV PASCUA
2 DE MAYO
San Juan 14, 7-14
La libertad en la Iglesia
“Yo te haré luz de los gentiles, para que lleves la salvación hasta el extremo de la
tierra”. Cuando tratamos las cosas de Dios, es importante diferenciarlas de las
cosas de los hombres. De esta manera, muchas veces se ha criticado a la Iglesia el
que no exista la “libertad” suficiente para actuar conforme a los sentimientos o las
iniciativas personales. Esta manera de ver la realidad está fuera lugar, ya que se
trata de algo, no sugerido, sino instituido por el mismo Jesucristo. El Vaticano II lo
dice muy claro: “Por ser obra de Cristo sacerdote y de su Cuerpo, que es la Iglesia,
es acción sagrada por excelencia”. No se trata aquí de dar lecciones de teología o
liturgia, sino de recordar que es Dios quien nos ha llamado, y no nosotros quienes
le hemos elegido. Esta diferencia no es algo sutil, más bien es la esencia de toda
vocación divina. Cuando san Pablo recrimina a los judíos su actitud por volver la
espalda a sus palabras, les recuerda que el mandato recibido es de Dios, no un
empeño suyo. Y si somos sinceros ante el mundo que vivimos, descubriríamos que
muchos males que nos azotan son motivados por haber olvidado lo esencial: sólo
Dios conoce el corazón del hombre y, por tanto, lo que éste necesita.
“Si la Misa es la representación sacramental del sacrificio de la Cruz, y en el
santísimo sacramento de la Eucaristía se encuentra presente el cuerpo, la sangre,
el alma y la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo y, por lo tanto, Cristo entero está
verdadera, real y substancialmente presente, es claro que las normas litúrgicas
concernientes a la sagrada Eucaristía merecen nuestra atención. No se trata de
rúbricas meticulosas, dictadas por mentes legalísticamente estructuradas” (Las
“rúbricas” son esas letras en rojo que el sacerdote puede leer en el misal, y que le
ayudan a celebrar mediante esos “gestos” o “actitudes” que expresan lo que se está
celebrando). Entramos de lleno en el Misterio. Y, como todo misterio, nuestra
actitud ha de ser de contemplación y, en nuestro caso, de agradecimiento. El
capricho humano debe dejar paso a la acción de Dios, que quiere mostrar su
generosidad con el derroche de tanta gracia divina. ¿Vamos a usurpar un papel que
no nos corresponde?, ¿no resulta más fácil dejarnos ayudar por el que sabe qué es
lo mejor para nuestra alma?
“Lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo.
Si me pedís algo en mi nombre, yo lo haré”. Es en la oración donde realmente
encontramos la mejor de las maneras para tomar la iniciativa. Si rezamos, y
rezamos bien, nos iremos identificando cada vez más con el querer de Dio, yseremos más libres. Y es en la Eucaristía donde nuestras plegarias se
“materializarán” en el sacrificio de Cristo por la salvación de todos nosotros. ¿No
merecen, por tanto, una dignidad y atención especiales las rúbricas que
acompañan a lo que será nuestro “alimento” por excelencia?
A María le corresponde un puesto preeminente en todo lo que toca a su Hijo … “Por
intercesión de la Santísima Virgen María, ‘mujer eucarística’, resplandezca en todos
los hombres la presencia salvífica de Cristo en el Sacramento de su Cuerpo y de su
Sangre”.