En el gélido invierno de mil novecientos ochenta y siete, Azuaga atestiguó una tragedia muda que sacudió su conciencia. Diego, un joven de veintiún años, eligió la muerte como única huida ante una persecución implacable. No hubo armas de fuego, sino el peso asfixiante de la intolerancia y una ley cruel que castigaba la diferencia. Su cuerpo suspendido en el corral no fue solo un suicidio, sino la denuncia final contra el prejuicio social y la hipocresía institucional. Aquella noche, el silencio del pueblo se tornó en culpa, convirtiendo la soledad de un muchacho en un crimen colectivo que la memoria jamás borraría.