Todo comenzó en mil novecientos sesenta y ocho, en El Palmar de Troya, con cuatro niñas que afirmaron ver a la Virgen sobre un lentisco. Lo que empezó como devoción popular se transformó rápidamente. Clemente Domínguez, un vidente ciego, centralizó el movimiento y, tras la muerte de Pablo Sexto, se autoproclamó Papa Gregorio Diecisiete, fundando la Iglesia Palmariana. Construyeron una colosal basílica en mitad de la nada, un Vaticano aislado regido por normas férreas, financiado por donaciones millonarias. Su historia es un relato de fervor extremo, luchas de poder, escándalos y un aislamiento que perdura.