Había una vez -como iniciaban los cuentos en la época en que mi abuela leía cuando nos mandaban a dormir- una par de dos. No, no es una redundancia. Me refiero a un par de almas que se paseaban felizmente por la red, sin importar las distancias, sin que contaran las horas ni las estaciones del año.
Este par de almas no sabían de distancias: amanecía y ya estaban el uno llevándole el desayuno al alma del otro, indistintamente. Por las tardes en que el viento soplaba, las hojas de los árboles les servían de alfombra para llegar al cielo. Si llovía, ambos construían barcos de papel en los que se escribían versos cursis y felizmente, ambos se respondían con cartas llenas de nube, como si supieran de antemano lo que querían decirse.
Si un alma lloraba, la otra hallaba la forma de arrancarle una sonrisa y reclinar la cabeza en su hombro, para decirle quedito al oído "-no llores, ya pasará", como si así se alejara todo el mal que pudiese ensombrecer su cielo. Las mañanas nubladas se convertían en un carnaval de abrazos, en un desquiciamiento de ternura, en una cascada de sensaciones que lograban que ninguno pasara frío.
Cada abrazo se daba con todo el calor de su interior, supernovas de cariño que abrían espacios en las sombras, que terminaban por dar luz a la noche más oscura, que los ojos entrecerrados daban tiempo al corazón de latir desacompasadamente, de sentir que la música brotaba de dentro de sus seres, que nada importaba si estaban juntos sin estarlo.
Nada empañaba la felicidad de estas almas, brillantes, tendientes a la perfección. Pero también había una vez un horario de trabajo, un tiempo que me moría con la espera, que hacía que los ojos trataran de esconderse en el rostro, de hundirse y no salir hasta que regresaran las voces, que los oídos no supieran de aves canoras, de agua corriendo, de campanas o de flores creciendo. Las manos no sabían de regalar sus caricias al viento, no tenían fuerza para mandar un adiós tortuoso, frío. Se perdían como señales con una vela a medio mar. Los besos se congelaban al saberse quietos, al sentirse fuera de sitio, sin labios que los recibieran.
Pero también había una vez en que las esperas terminaban, en que los besos volvían a volar a los lejanos labios, que el Sol los calentaba a ambos por igual, y que en efecto, todo pasaba para bien de aquellas almas temerosas de la ausencia y de los ojos rotos, en que nada podrían volver a ver sin la mirada uno del otro.
Y como en cada vez que mi abuela nos leía un cuento para poder dormir, el colorín colorado no era más que una lejana despedida, con ganas de dejar el corazón en el Mar, esperando el momento de esperar la noche para que todas las lunas cayeran sobre las almas, sedientas de más... JC Sánchez
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