Para poder ayudar a otros, primero necesitamos estar bien, y para estar bien no podemos caminar solos. Dios nos creó para vivir en relación, y por eso el cuerpo de Cristo es fundamental en nuestra vida espiritual.
Desde el principio, el pecado rompió las relaciones: primero la relación con Dios y luego la relación entre las personas. Por eso no es casual que el enemigo busque dividir y aislar, porque cuando las relaciones se rompen, el cuerpo se debilita.
La Biblia nos muestra la importancia de una red de relaciones saludables, donde aprendemos, somos animados y también formamos a otros. Estas relaciones nos permiten crecer, servir y reflejar a Cristo, aun en medio de nuestras imperfecciones.
Cuidar estas relaciones requiere intención, humildad, amor y honestidad. No fuimos llamados a caminar solos, sino a vivir la fe acompañados, fortaleciendo una red que nos sostenga y nos ayude a seguir creciendo.