A lo largo de los tres milenios de su historia faraónica, el antiguo Egipto experimentó
diversas fases en su relación con la guerra. Durante el Reino Antiguo (ca. 2686–2181
a.C.), el Estado centralizado de Menfis ejercía un control tan absoluto sobre el territorio y
sus recursos que apenas se requería un ejército permanente; las expediciones militares
—cuando ocurrían— eran de escala limitada, destinadas a imponer tributo o asegurar
rutas comerciales en Nubia o el Sinaí, y estaban lideradas por funcionarios civiles que
asumían temporalmente funciones militares. La imagen del rey como «aplastador de
enemigos» en los relieves del período era, en gran medida, simbólica: una afirmación
cosmopolítica de orden frente al caos, más que un reflejo de una realidad bélica
sostenida.