Entre los siglos XVI y XVII, Japón fue escenario de una de las persecuciones religiosas más brutales de la historia. Decenas de miles de cristianos —entre ellos campesinos, mujeres y niños— fueron crucificados, quemados, torturados y ejecutados públicamente por su fe. Desde el shogunato Tokugawa, el cristianismo fue considerado una amenaza al orden feudal. El resultado: sacerdotes expulsados, iglesias destruidas, fieles masacrados… y un silencio aterrador por parte de Roma y el resto del mundo cristiano.