En el año 1100, cuando la Torre de Londres era el símbolo absoluto del poder normando, un hombre demostró que ningún muro es infranqueable. Ranulf Flambard, obispo de Durham y tesorero real de Guillermo II, fue encarcelado por orden de Enrique I. Era el primer prisionero oficial de la Torre… y nadie esperaba su fuga. Su crimen: extorsión, corrupción y ambición desmedida. Su castigo: encierro en la fortaleza más temida de Inglaterra. Pero su mente era más peligrosa que cualquier espada. Con sobornos, un barril de vino y una cuerda oculta, descendió los muros de piedra y huyó por el Támesis hacia Normandía, donde se convirtió en símbolo de poder e inteligencia oscura.