El 29 de mayo de 1453, el mundo cambió para siempre. Constantinopla cayó en manos de Mohamed II, el sultán otomano que hizo de la crueldad su sello, del terror su bandera y de la masacre su legado. Conquistador implacable, su llegada marcó el fin del glorioso Imperio Bizantino y el nacimiento de una era teñida de sangre. Miles murieron antes de que los otomanos cruzaran las murallas, pero muchos más sufrieron después de que Mohamed II entrara triunfante en la ciudad. Las iglesias fueron saqueadas, los templos destruidos, los sacerdotes degollados sobre los altares donde antes celebraban misa. Hagia Sofía, la joya sagrada del cristianismo, se convirtió en una carnicería cuando sus fieles fueron pasados por la espada sin piedad, sin distinción, sin misericordia.