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Otro relato de Luis Soler que narra Juan Cubas.
La historia de una herencia envenenada que empieza así:
Doña Margarita fue una persona excepcional en muchos aspectos. Quedó viuda siendo ella y su marido muy joven. La guerra se lo llevó. Pese a eso, el joven matrimonio había dejado tres vástagos con pocos años de diferencia entre uno y otro. Ahora los tres hermanos se debatían por resolver el engorroso tema del reparto de la herencia de la difunta Doña Margarita. Y no es porque hubiera quedado todo atado y bien atado por Doña Margarita antes de irse, es porque dejó algo importante sin contemplar. Para resolver el problema, un problema muy habitual entre cierto tipo de familias con arraigo por sus propios iconos de linaje, existía una persona que mediaba con acierto. Aunque ni él ni su peculiar oficio eran muy conocidos, su fama le precedía. Virgilio borraba recuerdos de familia. Recuerdos pesados, indeseables, farragosos, incómodos. Normalmente asociados a objetos inertes y polvorientos; el reloj de pared que heredó papá del abuelo, el espejo que reflejó la juventud de tres generaciones de Robins, la correspondencia personal de alguien de la familia que podría cambiar el aura de respeto hacia su memoria. Virgilio, hombre habitualmente parco en palabras y poco sociable, era un hombre recio, de edad respetable, andar y gesto paciente. Tenia la capacidad de resolver ese dificilísimo paso que suponía repartir o deshacerse de esos objetos que se aferraban para bien -y a veces también para mal- a las personas. Cuando tuvieron que acudir los hermanos Velarde a la notaría, se esperaban un trámite sencillo y sin sorpresas. En vida, su madre Doña Margarita ya había esclarecido el reparto de la tarta. La casa de la playa para Ricardito, las acciones de empresas madereras y bonos del Estado a Felipe. Y la casa familiar, aunque simplemente se dedujera por eliminación, a Lito. Además, esa suposición tenía pleno sentido para los hermanos puesto que el apego de Miguel (Miguelito, Lito) por la vieja casa familiar quedaban claramente reflejados en sus comentarios alusivos al cariño que conservaba por la casa. El notario leyó el acta a la velocidad del rayo y cuando llego a la finca centenaria citó las condiciones del reparto al punto de que los hermanos tuvieron que pedir al registrador a repetir esos párrafos a cámara lenta. La voluntad de su madre era que Lito se quedara con unos desconocidos pero nada despreciables ahorros, cuadrando las cuentas por su valor con el resto de las aportaciones y la propiedad de la vieja casa a repartir a partes iguales entre los tres hermanos. Aquello al principio no gustó. Luego abrió un encendido debate sobre el futuro de la casa y finalmente, pese a la oposición enfrentada de Lito, la mayoría decidió venderla y repartirse el dinero. Con la presencia del notario se levantó el acta correspondiente tras la aceptación de la herencia y lo siguiente fue seguir el consejo del secretario que conocía de la existencia del tal Virgilio. Y todo por poner la oreja en la discusión de los hermanos. Frente al dilema de que destino habrían de seguir los candelabros de la escalera, la vieja caja de música del salón que se estropeó hace años, las joyas de Doña Margarita. En el apartado de las joyas había quien recordaba que eran metales y piedras semipreciosas, sin gran valor en una casa de empeños. También acertaron los que se postularon en subastarlas junto a famosas fotos de la prensa de la época en las que se veía a Mamá Margarita haciendo algunas de sus donaciones a comedores sociales. Eso ayudaría sin duda a conseguir mucho más por ellas. Al llegar al apartado de libros y juguetes, que se guardaban inalterables en el desván desde que la niñez aparcó la inocencia en favor de la pubertad rebelde, se tocaron fibras tan sensibles que mantuvieron gravemente enojados a los tres hermanos por varios días. Finalmente contactaron con Virgilio. Se expusieron las posturas divergentes de los hermanos, se visitó la finca fantasmagórica abandonada y Virgilio pidió dos días para proponer la solución. Al cabo del plazo sugirió la venta por un precio justo de mercado y reparto de los dividendos. El codicioso y viejo señor Iglesias, eterno enemigo y competidor de los negocios del padre de la saga Velarde, tenía una oferta de compra. Probablemente la única que obtendrían a corto plazo. A regañadientes aceptarían estudiarla, aunque supusiera que los restos de su padre se removieran en su tumba. Luego deberían escoger un único objeto de la casa. La decisión fue a la par fácil y difícil para cada uno de los hermanos. Y sobre todo abría la duda de; ¿y que pasa con todo lo demás? Eran conscientes del valor de alguno de los objetos; algún cuadro, alguna lámpara de cristal muy rococó, quizás algunas ediciones descatalogadas de cuando la imprenta era un arte. Virgilio insistió en que si se accedían a contratarle se acogie
By Cadena SEROtro relato de Luis Soler que narra Juan Cubas.
La historia de una herencia envenenada que empieza así:
Doña Margarita fue una persona excepcional en muchos aspectos. Quedó viuda siendo ella y su marido muy joven. La guerra se lo llevó. Pese a eso, el joven matrimonio había dejado tres vástagos con pocos años de diferencia entre uno y otro. Ahora los tres hermanos se debatían por resolver el engorroso tema del reparto de la herencia de la difunta Doña Margarita. Y no es porque hubiera quedado todo atado y bien atado por Doña Margarita antes de irse, es porque dejó algo importante sin contemplar. Para resolver el problema, un problema muy habitual entre cierto tipo de familias con arraigo por sus propios iconos de linaje, existía una persona que mediaba con acierto. Aunque ni él ni su peculiar oficio eran muy conocidos, su fama le precedía. Virgilio borraba recuerdos de familia. Recuerdos pesados, indeseables, farragosos, incómodos. Normalmente asociados a objetos inertes y polvorientos; el reloj de pared que heredó papá del abuelo, el espejo que reflejó la juventud de tres generaciones de Robins, la correspondencia personal de alguien de la familia que podría cambiar el aura de respeto hacia su memoria. Virgilio, hombre habitualmente parco en palabras y poco sociable, era un hombre recio, de edad respetable, andar y gesto paciente. Tenia la capacidad de resolver ese dificilísimo paso que suponía repartir o deshacerse de esos objetos que se aferraban para bien -y a veces también para mal- a las personas. Cuando tuvieron que acudir los hermanos Velarde a la notaría, se esperaban un trámite sencillo y sin sorpresas. En vida, su madre Doña Margarita ya había esclarecido el reparto de la tarta. La casa de la playa para Ricardito, las acciones de empresas madereras y bonos del Estado a Felipe. Y la casa familiar, aunque simplemente se dedujera por eliminación, a Lito. Además, esa suposición tenía pleno sentido para los hermanos puesto que el apego de Miguel (Miguelito, Lito) por la vieja casa familiar quedaban claramente reflejados en sus comentarios alusivos al cariño que conservaba por la casa. El notario leyó el acta a la velocidad del rayo y cuando llego a la finca centenaria citó las condiciones del reparto al punto de que los hermanos tuvieron que pedir al registrador a repetir esos párrafos a cámara lenta. La voluntad de su madre era que Lito se quedara con unos desconocidos pero nada despreciables ahorros, cuadrando las cuentas por su valor con el resto de las aportaciones y la propiedad de la vieja casa a repartir a partes iguales entre los tres hermanos. Aquello al principio no gustó. Luego abrió un encendido debate sobre el futuro de la casa y finalmente, pese a la oposición enfrentada de Lito, la mayoría decidió venderla y repartirse el dinero. Con la presencia del notario se levantó el acta correspondiente tras la aceptación de la herencia y lo siguiente fue seguir el consejo del secretario que conocía de la existencia del tal Virgilio. Y todo por poner la oreja en la discusión de los hermanos. Frente al dilema de que destino habrían de seguir los candelabros de la escalera, la vieja caja de música del salón que se estropeó hace años, las joyas de Doña Margarita. En el apartado de las joyas había quien recordaba que eran metales y piedras semipreciosas, sin gran valor en una casa de empeños. También acertaron los que se postularon en subastarlas junto a famosas fotos de la prensa de la época en las que se veía a Mamá Margarita haciendo algunas de sus donaciones a comedores sociales. Eso ayudaría sin duda a conseguir mucho más por ellas. Al llegar al apartado de libros y juguetes, que se guardaban inalterables en el desván desde que la niñez aparcó la inocencia en favor de la pubertad rebelde, se tocaron fibras tan sensibles que mantuvieron gravemente enojados a los tres hermanos por varios días. Finalmente contactaron con Virgilio. Se expusieron las posturas divergentes de los hermanos, se visitó la finca fantasmagórica abandonada y Virgilio pidió dos días para proponer la solución. Al cabo del plazo sugirió la venta por un precio justo de mercado y reparto de los dividendos. El codicioso y viejo señor Iglesias, eterno enemigo y competidor de los negocios del padre de la saga Velarde, tenía una oferta de compra. Probablemente la única que obtendrían a corto plazo. A regañadientes aceptarían estudiarla, aunque supusiera que los restos de su padre se removieran en su tumba. Luego deberían escoger un único objeto de la casa. La decisión fue a la par fácil y difícil para cada uno de los hermanos. Y sobre todo abría la duda de; ¿y que pasa con todo lo demás? Eran conscientes del valor de alguno de los objetos; algún cuadro, alguna lámpara de cristal muy rococó, quizás algunas ediciones descatalogadas de cuando la imprenta era un arte. Virgilio insistió en que si se accedían a contratarle se acogie