En una mañana de invierno de 1999, un hombre holandés de mediana edad caminaba
descalzo por un parque nevado en las afueras de Ámsterdam. Vestía únicamente
pantalones cortos y una camiseta ligera. Los transeúntes lo miraban con desconcierto,
algunos con preocupación. No parecía estar sufriendo. Al contrario: respiraba con
calma, sus movimientos eran fluidos, y en su rostro se dibujaba una expresión de
concentración serena, casi meditativa. Ese hombre era Wim Hof, y lo que para muchos
parecía una extravagancia, era en realidad el inicio de una revolución silenciosa en la
comprensión de los límites del cuerpo humano