En la primavera de 1895, Londres era una ciudad dividida. Por un lado, celebraba el
esplendor del Imperio británico, la moral victoriana incuestionable y la apariencia
impecable de sus clases altas. Por otro, en los salones privados y los clubes nocturnos de
Soho, florecía una subcultura clandestina en la que hombres como Oscar Wilde —poeta,
dramaturgo, dandi y provocador— vivían con una libertad que la ley no les permitía