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En la conclusión de su encíclica recién publicada, León XIV señala que, mientras las ideologías antiguas y nuevas empujan al hombre a la superación técnica del límite y a elevarse por encima de los demás para afianzar un dominio, Dios entra en nuestra historia con un movimiento opuesto, haciéndose carne, asumiendo nuestra debilidad y transformándola en lugar de salvación. Tenemos un Dios que nace en la cuna, que vive y viaja por Judea, que muere en la cruz y es sepultado. El Papa nos invita a contemplar en el rostro de Cristo, muerto y resucitado, “la magnífica humanidad que también ilumina la época de la IA”.
En Cristo comprendemos que el hombre está llamado a ser colaborador en la obra de la creación, y no espectador resignado ante los procesos tecnológicos que limitan su libertad y su responsabilidad. Ningún sistema de cálculo, por sofisticado que sea, genera un corazón que se entrega, ni una conciencia capaz de discernir el bien. Incluso cuando las máquinas sobresalen en eficiencia, el centro de la historia sigue siendo un rostro humano que exige ser contemplado. Por tanto, la certeza que proclamamos al mundo es que el rostro humano de Cristo es la plenitud hacia la que camina la historia.
Al final de su imponente encíclica, León XIV recuerda que el don de Dios permanece presente y operante en la Eucaristía, en la cual el Señor se comunica y reúne a la Iglesia. Y mientras las nuevas redes económicas y tecnológicas pueden generar exclusión, aislamiento y dependencias, la Iglesia, alimentada por la Eucaristía, está llamada a hacer visible otro tipo de medida, custodiando los vínculos, devolviendo la voz a los invisibles y orientando los procesos hacia la dignidad de las personas.
By COPEEn la conclusión de su encíclica recién publicada, León XIV señala que, mientras las ideologías antiguas y nuevas empujan al hombre a la superación técnica del límite y a elevarse por encima de los demás para afianzar un dominio, Dios entra en nuestra historia con un movimiento opuesto, haciéndose carne, asumiendo nuestra debilidad y transformándola en lugar de salvación. Tenemos un Dios que nace en la cuna, que vive y viaja por Judea, que muere en la cruz y es sepultado. El Papa nos invita a contemplar en el rostro de Cristo, muerto y resucitado, “la magnífica humanidad que también ilumina la época de la IA”.
En Cristo comprendemos que el hombre está llamado a ser colaborador en la obra de la creación, y no espectador resignado ante los procesos tecnológicos que limitan su libertad y su responsabilidad. Ningún sistema de cálculo, por sofisticado que sea, genera un corazón que se entrega, ni una conciencia capaz de discernir el bien. Incluso cuando las máquinas sobresalen en eficiencia, el centro de la historia sigue siendo un rostro humano que exige ser contemplado. Por tanto, la certeza que proclamamos al mundo es que el rostro humano de Cristo es la plenitud hacia la que camina la historia.
Al final de su imponente encíclica, León XIV recuerda que el don de Dios permanece presente y operante en la Eucaristía, en la cual el Señor se comunica y reúne a la Iglesia. Y mientras las nuevas redes económicas y tecnológicas pueden generar exclusión, aislamiento y dependencias, la Iglesia, alimentada por la Eucaristía, está llamada a hacer visible otro tipo de medida, custodiando los vínculos, devolviendo la voz a los invisibles y orientando los procesos hacia la dignidad de las personas.