En una clase de primaria en un colegio público de Sevilla, Lucas, de ocho años, levanta la mano por enésima vez. —¿Por qué las estrellas no se caen? —pregunta, con una mirada que parece atravesar el techo del aula. La maestra, agotada tras una jornada de 25 alumnos, responde con una sonrisa cansada: —Porque están muy lejos, cariño. Ya hablaremos de eso en sexto. Lucas baja la cabeza. No es la primera vez que siente que su curiosidad es un estorbo.