No fue un amanecer cualquiera en Londres. Así lo contaron después los libreros, que aquel 24 de noviembre de 1859, aseguraban haber visto a más de un caballero con sombrero de copa apurar el paso. La razón del alboroto no era un incendio, ni una noticia política, ni la visita de un príncipe extranjero. Era algo más curioso, casi extravagante: un libro. Uno que venía gestándose hace más de dos décadas, entre cuadernos manchados de sal, cartas apuradas y la memoria todavía vibrante de un viaje alrededor del mundo. Su título, sencillo pero contundente, prometía sacudir lo establecido: El origen de las especies.