La isla de los oyentes

El perro negro, un relato de Luis Soler


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Juan Cubas pone la voz a esta historia de Luis Soler que comienza así:


Quince años y una moto. El mundo puede ser maravilloso, pensaba él mientras iba de camino al instituto. Otra alternativa era la bicicleta, que había utilizado hasta entonces. O aún peor, que sus padres le llevaran hasta la puerta del centro. Mientras tuviera oportunidad evitaría que se volvieran a producir ciertas escenas delante de sus amigos y de los corrillos de chicas adolescentes. Pero conducir una moto propia era un salto cualitativo de narices. Era como estar jugando en otra liga, un paso decisivo para figurar ante los demás como alguien con estilo, con clase. 

A los quince años Miguel Ángel afrontaba una edad difícil. Y no sólo porque se lo repitieran los amigos de sus padres (como si le conocieran), si no porque en ese curso se sumaban muchas más aristas a la complicada vida de un joven. Acné, la competición por las chicas, el yugo de las clases y las notas, sentirse incomprendido por parte de sus progenitores. Y eso sólo como primer plato. Era un tiempo en el que vestir una cazadora o unas basket era marcar la diferencia. Ir al cine a ver Flatliners y no cagarte de miedo era de tíos duros. Y por supuesto tener una ruidosa moto. Por eso, una motocicleta Cady negra de 49 centímetros cúbicos era el corcel mínimo para no ser un jinete raro en el colegio. 

Cuando a alguien le acontece un regalo así, se fortalecen los cimientos de la personalidad. Miguel Ángel sentía que podía enfrentarse a todo. Los miedos e inseguridades se desvanecían y, en aquel momento, tenía plena fe en los anuncios publicitarios que aseguraban que con una moto así te podías sentir libre.  En la tele también se insinuaba que podías ligar más y Miguel Ángel esperaba deseoso que apareciera la chica morena de pelo rizado del anuncio para pedirle que la llevara de paseo. 


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La isla de los oyentesBy Cadena SER