La mayoría de los adultos no lucha con el deseo de ser ricos, sino con la presión constante de sostenerlo todo: familia, compromisos, imprevistos, futuro. No siempre hay codicia, pero sí cansancio financiero.
La Biblia no condena el dinero; advierte contra una relación desordenada con él. Porque lo que no se consagra, termina dominando.
En la Escritura, el dinero nunca es un tema aislado; es un termómetro espiritual.
Jesús habló más del dinero que del cielo o del infierno, no porque fuera lo más importante, sino porque revela quién gobierna el corazón.
La mayordomía cristiana no se trata de cuánto tienes, sino de cómo entiendes lo que tienes.
Amados, consideremos hoy esta verdad: Una vida económicamente madura delante de Dios se construye sobre tres convicciones espirituales.
I. “La mayordomía comienza cuando dejamos de llamar ‘mío’ a lo que Dios llama ‘confiado’”
II. “La falta de orden financiero rara vez es económica; casi siempre es espiritual”
III. “La generosidad no empobrece; revela quién gobierna el corazón”