Nací en 1982 en la vereda Honduras, Rionegro, Santander, en la finca El Báltico. Crecí junto a mis cuatro hermanos en una niñez llena de felicidad y amor. Mis padres nos criaron con humildad y pocos recursos, pero con una riqueza emocional inmensa. Nuestros días estaban llenos de juegos y aventuras. Ayudábamos a nuestros padres con las vacas y íbamos a estudiar. Disfrutábamos de la naturaleza y la libertad.
Mi mamá, Inés, era una mujer bella y amorosa que nos protegía y cuidaba. Aunque sufría de una enfermedad del corazón, siempre estuvo presente para nosotros. Nos enseñó valores y principios que nos guiaron en la vida. Mi papá, Camilo, trabajaba duro para mantenernos. Juntos, crearon un hogar lleno de amor y armonía. Nuestra infancia fue una época mágica.
Un día, todo cambió. Mi hermano y yo estábamos en la escuela Caña Brava cuando la profesora nos envió a casa. Mi corazón latía con ansiedad, pensando en mi mamá. Al llegar, mi padre nos dio la noticia devastadora: mi madre había fallecido. Fue un golpe duro, especialmente para un niño de 11 años. La pérdida de mi madre fue como perder una parte de mí mismo.
Mi hermano mayor, de 14 años, y mis hermanos menores, de 9 y 4 años, también sufrieron profundamente. La ausencia de mi madre se sintió en cada rincón de nuestra casa. Pero mi padre se convirtió en madre y padre para nosotros. Nos enseñó a ser fuertes y resilientes. Nos apoyó en momentos difíciles y nos guió hacia un futuro mejor. Nos ayudó a superar el dolor.
Aunque la vida nos depare dificultades, siempre podemos encontrar la fortaleza para seguir adelante. Mi padre nos enseñó a valorar la vida y a nunca rendirnos. Agradezco a mi padre por su amor y dedicación. Gracias a él, seguimos siendo una familia unida y llena de amor. La lección más importante que aprendí es que la familia es todo. El amor y el apoyo mutuo pueden superar cualquier obstáculo.
Hoy, recuerdo mi infancia con nostalgia y gratitud. Aunque la pérdida de mi madre fue difícil de superar, me enseñó a valorar la vida y a nunca dar nada por sentado. Mi familia me enseñó que, aunque la vida sea dura, siempre hay esperanza y amor. Agradezco a mis padres por la infancia que me dieron. Agradezco a la vida por las lecciones que me ha enseñado. Y agradezco a mi familia por estar siempre a mi lado.