España cerró 2022 con diecinueve mujeres asesinadas. El 2023 no parece cambiar la tendencia; en dos semanas, cuatro feminicidios. El perfil de las víctimas y de sus asesinos no entiende de nivel cultural, poder adquisitivo, nacionalidad o edad. Más allá de los proyectos integrales específicos que ya están en marcha para rescatarlas a ellas y a sus hijos, las parroquias, los colegios, los hospitales y demás obras apostólicas son, a la vez, espacios propicios para que las mujeres puedan compartir el calvario que sufren y encontrar una salida a la losa que soportan. Una Iglesia, un católico, que no denuncia sin paliativos con obras y palabras la violencia machista, como si le fuera ajeno o se tratara de una batalla partidista, se convierte en cómplice. Y no de la mujer. Un ‘no callarás’ se torna mandamiento para salvar una vida.