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El santuario a cielo abierto del barrio porteño de Once es escenario de visitas guiadas que atraen a estudiantes, turistas y vecinos. Constituyen una de las propuestas culturales más desafiantes y originales en una ciudad temerosa de su pasado inmediato. Las coordinan familiares de víctimas y sobrevivientes de una de las peores masacres del rock mundial.
«En ese edificio que ven funcionaban tanto el boliche República de Cromañón como el hotel, con el mismo dueño; el afán de lucro tanto del propietario como del gerenciador y la vinculación entre el boliche, el hotel y las canchas que tenía arriba, ayudaron a consumar la masacre; este señor tenía en muy malas condiciones el lugar; a la vez, como había clientes en el hotel, no quería que los pibes y las pibas molestaran; por eso, la puerta con candado; además, como quería ganar más dinero, tenía esas canchas arriba, lo cual impedía la ventilación».
Silvia Bignami, de anteojos negros y el pelo lacio blanco hasta los hombros, habla moviendo animadamente las manos rodeada por varios jóvenes. El grupo está de pie a pocos pasos del cruce de las calles Ecuador y Bartolomé Mitre bajo el sol del mediodía invernal que mitiga la brisa fresca. «Paseo de los pibes de Cromañón», presenta en letras rojas de chapa a cinco metros de altura la estructura metálica que hace las veces de entrada del santuario. «Justicia», exige un letrero idéntico a la izquierda. «Memoria», reclama otro similar a la derecha.
«También hay que decir que abajo del boliche, para ganar más a costa de lo que sea, el dueño tenía un taller clandestino donde hubo gente trabajando incluso después de la masacre», continúa la mamá de Julián Rozengardt, muchacho que es uno de los cientos de muertos del 30 de diciembre de 2004, considerado entre las peores hecatombes del rock mundial. La vereda que pisan la oradora y sus oyentes mide diez metros por cien. Termina en la calle opuesta, Jean Jaurés. El inmueble fatídico tenía acceso por esta arteria (el hotel) y Mitre (el boliche).
By Lucio CasariniEl santuario a cielo abierto del barrio porteño de Once es escenario de visitas guiadas que atraen a estudiantes, turistas y vecinos. Constituyen una de las propuestas culturales más desafiantes y originales en una ciudad temerosa de su pasado inmediato. Las coordinan familiares de víctimas y sobrevivientes de una de las peores masacres del rock mundial.
«En ese edificio que ven funcionaban tanto el boliche República de Cromañón como el hotel, con el mismo dueño; el afán de lucro tanto del propietario como del gerenciador y la vinculación entre el boliche, el hotel y las canchas que tenía arriba, ayudaron a consumar la masacre; este señor tenía en muy malas condiciones el lugar; a la vez, como había clientes en el hotel, no quería que los pibes y las pibas molestaran; por eso, la puerta con candado; además, como quería ganar más dinero, tenía esas canchas arriba, lo cual impedía la ventilación».
Silvia Bignami, de anteojos negros y el pelo lacio blanco hasta los hombros, habla moviendo animadamente las manos rodeada por varios jóvenes. El grupo está de pie a pocos pasos del cruce de las calles Ecuador y Bartolomé Mitre bajo el sol del mediodía invernal que mitiga la brisa fresca. «Paseo de los pibes de Cromañón», presenta en letras rojas de chapa a cinco metros de altura la estructura metálica que hace las veces de entrada del santuario. «Justicia», exige un letrero idéntico a la izquierda. «Memoria», reclama otro similar a la derecha.
«También hay que decir que abajo del boliche, para ganar más a costa de lo que sea, el dueño tenía un taller clandestino donde hubo gente trabajando incluso después de la masacre», continúa la mamá de Julián Rozengardt, muchacho que es uno de los cientos de muertos del 30 de diciembre de 2004, considerado entre las peores hecatombes del rock mundial. La vereda que pisan la oradora y sus oyentes mide diez metros por cien. Termina en la calle opuesta, Jean Jaurés. El inmueble fatídico tenía acceso por esta arteria (el hotel) y Mitre (el boliche).