
Sign up to save your podcasts
Or


¿Y si los santos que estamos buscando fueran las personas que caminan a nuestro lado?Solemos imaginar la santidad como algo extraordinario, reservado para personas que hicieron grandes obras o llevaron vidas excepcionales. Pero el papa Francisco nos recordaba que también existen los «santos de la puerta de al lado»: personas sencillas, los santos de a pie, los que usan jeans y viven entre nosotros.Son todos los que, heroicamente, entregan todo el amor que tienen; son quienes aman a su familia, trabajan honestamente, cuidan de alguien, acompañan al que sufre, perdonan, escuchan y hacen el bien incluso cuando nadie los ve.La santidad no consiste en ser perfectos ni en estar lejos del mundo. Consiste en dejar que el Amor de Dios transforme nuestra manera de vivir y de encontrarnos con los demás.En esta solemnidad de Todos los Santos, recordemos que también nosotros estamos llamados a la santidad.Bienaventurados aquellos que aman, porque en su vida comienza a hacerse visible el Reino de Dios.
No son dos caminos separados. El Amor que recibimos de Dios está llamado a transformar nuestra manera de pensar, de relacionarnos, de cuidar y de reconocer la dignidad de los demás.Esta reflexión es una invitación a revisar la autenticidad de nuestra fe, a reconocer nuestras dificultades para amar y a permitir que el Amor de Dios transforme nuestra vida cotidiana. No se trata de aparentar perfección, sino de aprender a amar desde la experiencia de sabernos amados.
La moneda llevaba la imagen del César. Tú llevas la imagen de Dios.Entonces, ¿por qué a veces entregas tu libertad a la aprobación de los demás, al deseo de tener más, al miedo de no ser suficiente o a la necesidad de demostrar tu valor?El Evangelio de hoy nos recuerda que nuestra dignidad no está en venta y que nuestra vida encuentra su sentido más profundo cuando se pone al servicio del Amor. ¿A qué poder le estás entregando lo que le pertenece a Dios: tu corazón, tu libertad y tu existencia?
Hay invitaciones que nos sorprenden porque jamás imaginamos que habría un lugar para nosotros. En el Evangelio de este domingo, Jesús compara el Reino de Dios con un banquete de bodas. Los invitados originales rechazan la invitación y entonces el rey manda llamar a todos los que encuentra por los caminos: buenos y malos, cercanos y alejados, incluidos y excluidos. Todos tienen un lugar en la Mesa de la Misericordia. Pero Jesús introduce una imagen desconcertante: el traje de fiesta ¿Qué significa? El traje es el Amor. Ese Amor que recibimos gratuitamente y que estamos llamados a convertir en una manera nueva de vivir. Porque no basta con haber sido invitados. El Amor recibido tiene que convertirse en Amor entregado.La pregunta no es si Dios tiene un lugar para nosotros, es si nosotros estamos dispuestos a vestirnos de Amor y a hacer lugar para otros.Que nos sorprenda amando en los cruces de los caminos.
En el Evangelio de este domingo, Jesús nos presenta la parábola de los labradores malvados. Una historia de amor rota por la infidelidad, pero también la historia de un Dios que insiste, que espera y que vuelve a confiar.La viña había sido plantada, cuidada y entregada a unos labradores para que diera frutos. Pero ellos olvidaron algo fundamental: la viña no les pertenecía.También nosotros hemos recibido una viña: nuestra vida, nuestros dones, nuestra fe, nuestras relaciones, nuestras posibilidades de hacer el bien. Y quizá la pregunta del Evangelio sea: ¿qué estamos haciendo con aquello que Dios nos ha confiado? ¿Es Jesús la piedra angular de nuestra vida? ¿Estamos cultivando justicia, paz, solidaridad, respeto por la vida y Amor?Porque la viña no es nuestra, nos ha sido confiada y Dios, en su amorosa terquedad, sigue creyendo que puede dar frutos.
La parábola nos invita a mirar nuestra propia vida y preguntarnos qué ocurre con nuestros “sí” a Dios. Porque podemos tener palabras muy religiosas, conocer el Evangelio y hablar de nuestra fe, pero aquello que verdaderamente revela nuestra respuesta es la manera como vivimos.
En el Evangelio de este domingo, Jesús cuenta la parábola de los trabajadores de la viña y nos revela un rostro de Dios que rompe nuestros cálculos: un Padre cuya generosidad no depende de nuestros méritos ni de cuánto tiempo llevemos caminando con Él.El dueño de la viña sale una y otra vez a buscar trabajadores. Nadie queda excluido de su llamada, ni siquiera quien llega cuando el día está terminando.San Juan de la Cruz lo expresa así: «Si el alma busca a Dios, mucho más la busca su Amado a ella».Tal vez no se trata solamente de preguntarnos cuánto hemos hecho por Dios, sino de descubrir cuánto ha hecho Él para encontrarnos.Y cuando experimentamos ese Amor gratuito, aprendemos también a dejar de comparar, competir y medir el valor de los demás.El Amor de Dios no se reparte en porciones, se entrega entero.
¿Cuántas veces tenemos que perdonar? Pedro quiere una cifra, Jesús le responde con una invitación: dejar de contar.En este Evangelio, Jesús nos recuerda que el perdón nace de la experiencia de haber sido perdonados. Quien descubre la Misericordia de Dios está llamado también a convertirse en instrumento de esa Misericordia.Pero perdonar no significa negar el dolor, justificar el daño ni renunciar a nuestros límites. Significa, poco a poco, dejar de permitir que el resentimiento siga gobernando nuestra vida.No llevemos cuentas del Amor. Dejemos que aquello que hemos recibido gratuitamente de Dios pueda convertirse también en un regalo para nuestros hermanos.❤️ El que tenga oídos que oiga.
Jesús nos habla de algo que no siempre sabemos hacer: corregir a quien amamos. No se trata de señalar, juzgar ni humillar. Se trata de acercarnos con humildad, hablar desde el amor y buscar que el otro pueda reconocer aquello que necesita transformar. Pero este Evangelio también nos recuerda algo importante: necesitamos una comunidad que nos ayude a mirar nuestra propia vida. Porque todos, en algún momento, necesitamos ser corregidos, escuchados y sostenidos. En un mundo marcado por la polarización, la crítica y la exclusión, Jesús nos propone construir puentes. Porque cuando dos o tres se reúnen en su nombre, allí está Él.
¿Qué significa realmente cargar con la cruz?
En este Evangelio, Pedro pasa de reconocer a Jesús como el Mesías a intentar apartarlo del camino de la cruz. También nosotros podemos amar a Jesús y, sin embargo, querer que su camino coincida siempre con nuestros planes. Jesús nos invita a algo mucho más profundo: negarnos a nosotros mismos no significa negarnos como personas, sino dejar de vivir centrados en el egoísmo, las seguridades y los intereses propios. Cargar la cruz es aprender a amar como Él: entregar, servir, perdonar y permanecer fieles al bien, incluso cuando amar cuesta. Porque quien entrega su vida por Amor no la pierde, la encuentra.
From the publisher's feed