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La risa es en realidad algo muy serio. Filósofos, médicos, psicólogos, psiquiatras y todo tipo de científicos han realizado múltiples investigaciones sobre los mecanismos que nos provocan la risa, y si bien sus análisis nos revelan múltiples teorías, todos ellos concluyen lo mismo: nadie se ha quejado por soltar una buena risotada.
Cuando empezamos a ver lo que nos sobra y nos deja de importar lo que nos falta, es entonces cuando comenzamos a convertirnos en humanos listos para conquistar lo que verdaderamente importa: nosotros mismos.
La naturaleza nos dio dos orejas para ampliar nuestra capacidad de escucha, pero ¿desde dónde escuchamos?. Nos juramos a nosotros mismos que entendemos al otro, y ni siquiera le dejamos que termine su narración, porque nos limitamos a entender lo que confirma nuestras opiniones, no lo que la otra persona está expresando.
¡Ya no hay respeto! reclaman los ancianos venerables. Las mamás, los papás, las abuelitas, los tíos, los maestros, hasta algunos de nuestros amigos. Todos dicen que no sólo nosotros, sino la juventud de ahora es mucho peor que la de antes.
Somos unos monstruos que quieren acabar con todo lo que es sagrado, con todo lo que es respetable.
Según muchos, los irrespetuosos acabaremos con este planeta, lo destruiremos, no quedará piedra sobre piedra después de que tomemos el control económico y político de este lugar llamado tierra.
Así es. Ya no hay respeto. Se ha acabado.
Pero, y a todo esto… ¿Qué es el respeto?
Justo cuando hay cambios drásticos en la vida es cuando se potencia la creatividad y nos impulsa a sacar lo mejor de nosotros mismos, pues los cinco sentidos están aplicados en aprender de ese mundo desconocido. La incertidumbre nos hace crecer y nos puede llevar a lugares inesperados.
No me asumo como psicoterapeuta, ni mucho menos, con quienes me hacen preguntas de todo tipo, pero en todo caso puedo darles mi opinión sobre lo mismo que nos obsesiona a todos los que estamos enfermos de vida, y que esta mañana de domingo encontré en mi whatsapp en forma de preguntas: ¿Quién soy yo realmente?, ¿cómo puedo llegar a ser yo mismo?
Todos los que nos hemos montado en este barco hemos analizado, juzgado y criticado hasta límites realmente penosos a los padres que actúan de forma distinta a la nuestra, y lo hemos hecho para protegernos, porque nuestra autoestima está de por medio. Nuestros hijos son el proyecto de nuestras vidas, y el resultado de semejante barbaridad está a la vista de todo el mundo. Sus éxitos o sus fracasos son también nuestros. Por eso es muchísimo más cómodo lavar nuestra muy deteriorada imagen con la culpa de los demás padres.
Es prácticamente una regla de la vida, y sin embargo nada nos prepara para afrontar el momento en el que sentimos la necesidad apremiante de salir de donde estamos. Nunca será fácil volver a empezar, pero quienes lo han logrado coinciden siempre en que un cambio drástico en sus vidas es lo que terminó salvándolas.
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