Prohibido contar ovejas

El Resplandor: Horrores olvidados


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Un repaso por las cintas de culto de los ochenta que marcaron la época dorada de los videoclubs y los efectos especiales analógicos.
En este apasionante repaso por el cine de terror de los años ochenta, los colaboradores rememoran aquellas noches de desvelo que daban pie a descubrir joyas ocultas del videoclub. El punto de partida de la conversación es la película de culto Intruso en la noche (conocida originalmente como Intruder, de 1989), dirigida por Scott Spiegel y estrechamente vinculada al universo de Sam Raimi y su productora. Se trata de un slasher modélico ambientado en un supermercado durante el turno nocturno, donde los empleados son brutalmente asesinados. Los tertulianos destacan la truculencia de sus muertes, especialmente aquella en la que se utiliza una sierra de cinta para partir una cabeza por la mitad, lo que evidencia el carácter artesanal y desacomplejado de los efectos especiales de la época.
El viaje nostálgico continúa con La quema (The Burning, 1981), una de las producciones más emblemáticas del subgénero de asesinos en campamentos de verano, escrita originalmente por los hermanos Weinstein. Se resalta la enorme influencia que tuvo el maestro de los efectos especiales Tom Savini, quien acababa de regresar de la guerra de Vietnam con una visión muy realista y cruda de la violencia física, algo que plasmó directamente en la gran pantalla. La cinta destaca por el uso de unas tijeras de podar como arma principal, creando escenas memorables de gore explícito y sumamente creativo que definieron la estética del cine de terror comercial estadounidense durante toda la década.
Posteriormente, el debate se detiene en una obra algo menos conocida pero sumamente interesante por su componente metaliterario: Lecturas diabólicas (I, Madman, 1989), del director canadiense Tibor Takács, responsable también de la mítica La puerta (The Gate). La trama gira en torno a Virginia, una joven que lee una novela de terror sobre un médico deforme que arranca partes del rostro de sus víctimas, solo para descubrir que el asesino ha cobrado vida en su propia realidad. Los tertulianos alaban la atmósfera de cine noir y de estilo pulp que envuelve a la película, conectándola con la moda literaria de las novelas de bolsillo de terror de aquellos años, un fenómeno fuertemente impulsado por autores de la talla de Stephen King.
La brutalidad vuelve a ser protagonista con El asesino de Rosemary (The Prowler, 1981), una salvaje cinta de Joseph Zito donde Tom Savini volvió a superarse a sí mismo en el diseño de las muertes, catalogadas por el grupo como unas de las más brutales y de peor gusto de la época, un factor que paradójicamente le añade valor artístico. De ahí pasan a comentar la extravagante secuela Hello Mary Lou: Prom Night II (1987), que funciona de manera independiente a la película original de la saga. La historia de Mary Lou Maloney, que regresa de la tumba con poderes sobrenaturales al más puro estilo de Freddy Krueger para recuperar su corona de graduación, es recordada con cariño por su espectacular e icónico póster ilustrado, donde se muestra a una chica saliendo de una taquilla envuelta en llamas.
Los muñecos vivientes también tienen su espacio gracias a Dolls (1987), una producción de Charles Band dirigida por el gran Stuart Gordon. Esta breve película de apenas setenta minutos destaca por su tono gótico de cuento de hadas macabro, donde los juguetes cobran vida para impartir justicia contra aquellos adultos de mal corazón. El grupo analiza el uso magistral de la animación stop-motion y los efectos de escala, comparándola de manera favorable con la posterior y más longeva franquicia Puppet Master. Asimismo, se menciona de pasada El morador de las tinieblas (Cellar Dweller), escrita por un joven Don Mancini bajo seudónimo, consolidando el prolífico ecosistema de producciones de serie B de finales de los ochenta.
Por último, los tertulianos recuerdan con una mezcla de horror y fascinación la película Transgen: Los genes de la muerte (The Kindred, 1987), célebre tanto por su inquietante póster, en el que se aprecia una mano tocando un frasco que contiene un feto deforme, como por la presencia de un estelar Rod Steiger en el reparto. La obra sobresale por sus excelentes y asquerosas mutaciones y transformaciones físicas corporales, que incluyen desde tentáculos hasta la aparición espontánea de branquias en los personajes humanos. En conclusión, el programa sirve como un completísimo y apasionado homenaje a una época dorada de creatividad analógica, donde las carátulas de los videoclubs despertaban la imaginación de los espectadores mucho antes de reproducir la cinta.
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Prohibido contar ovejasBy esRadio