El Señor Está Cerca

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El Señor Está Cerca episodes

  • Viernes 6 de Noviembre de 2026 / Meditaciones sobre el Salmo 119 (4)

    Haz bien a tu siervo; que viva, y guarde tu palabra… Forastero soy yo en la tierra; no encubras de mí tus mandamientos… Compañero soy yo de todos los que te temen y guardan tus mandamientos.

    Salmo 119:17, 19, 63

    Meditaciones sobre el Salmo 119 (4)

    En este salmo, el salmista describe tres relaciones.

    La primera es su relación con Dios: se llama a sí mismo “tu siervo”. Era siervo de Dios, alguien dispuesto a hacer la voluntad de su Señor. Por eso podía decir: “Haz bien a tu siervo; que viva, y guarde tu palabra”. Su anhelo era obedecer a Dios y seguirlo fielmente como siervo. También nosotros, tanto hermanos como hermanas, somos siervos del Señor Jesús. Esta es nuestra relación con él: somos llamados a servirlo con fidelidad en esta tierra.

    En segundo lugar, el salmista describe su relación con el mundo que lo rodea: no se siente en casa, sino como un forastero. ¿Hasta qué punto nosotros también nos sentimos extranjeros en este mundo? ¿O acaso nos sentimos cómodos? Él clamaba: “No encubras de mí tus mandamientos”. No se dejaba guiar por la manera de pensar del mundo, sino por la Palabra de Dios, pues era un forastero en la tierra. Cuanto más estudiemos las Escrituras, más conscientes seremos de que somos extranjeros y peregrinos aquí, y que nuestra fuente de gozo y bendición está en otro lugar.

    Por último, aunque es siervo del Señor y extranjero en el mundo, el salmista también reconoce su relación con el pueblo de Dios: es compañero de todos los que temen al Señor y aman su Palabra. Tiene comunión con ellos, y una relación con los tales. Nosotros también, aunque seamos extranjeros en este mundo, podemos disfrutar de la compañía y comunión de quienes viven según los mismos principios. Al igual que nosotros, ellos son extranjeros y siervos del Señor. Por lo tanto, son nuestros compañeros.

    Michael Vogelsang

    4 min
  • Jueves 5 de Noviembre de 2026 / Pedro y su Señor (7) “Por mí y por ti”

    Sin embargo, para no ofenderles, ve al mar, y echa el anzuelo, y el primer pez que saques, tómalo, y al abrirle la boca, hallarás un estatero; tómalo, y dáselo por mí y por ti.

    Mateo 17:27

    Pedro y su Señor (7)

    “Por mí y por ti”

    La historia relatada en el pasaje de hoy es exclusiva del Evangelio según Mateo. Un tema central en este Evangelio es cómo el Señor desea identificarse con nosotros. En sus páginas encontramos a “Dios con nosotros” en la persona de Cristo (Mt. 1:23); Cristo unido a nosotros como Maestro (véase Mt. 11:29-30); él en medio nuestro cuando nos reunimos en su Nombre (véase Mt. 18:20); y, como el Señor resucitado, prometiendo: “He aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt. 28:20). Este énfasis también lo vemos en el versículo de hoy –en las palabras del Señor a Pedro: “Por mí y por ti”.

    Pedro fue interrogado por los funcionarios del templo: “¿Vuestro Maestro no paga las dos dracmas?” (v. 24). Queriendo proteger el testimonio de su Señor como un judío respetuoso de la Ley, Pedro respondió rápidamente: “Sí”. No obstante, la realidad es que no sabía con certeza la respuesta. Cristo, que conocía tanto el corazón de Pedro como la conversación que este acababa de tener, le planteó una pregunta cuando entraron en casa: “¿De quiénes cobran los tributos o los impuestos? ¿De sus hijos, o de los extraños?”. Pedro respondió acertadamente: “De los extraños”. Entonces Jesús concluyó: “Luego los hijos están exentos” (v. 26). Sin embargo –y aquí se revela la gracia de su carácter–, “para no ofenderles”, pagaron el impuesto (v. 27).

    La implicación es tan clara como profunda: Cristo, el Hijo del Gran Rey (véase Mt. 5:35), se identifica con Pedro como hijo. Entonces el Señor de la creación proporcionó la cantidad exacta para el impuesto del templo desde la boca de un pez. Él, que conocía los pensamientos de Pedro, también sabía dónde encontrar un pez con una moneda en su boca. “El primer pez que saques, tómalo”. A través de este acto, el Señor Jesús se identifica con Pedro de manera maravillosa y llena de gracia. Le dice: “Dáselo por mí y por ti”. Somos hijos y somos libres (véase Gá. 3:26). Utilicemos nuestra libertad para la gloria del Señor.

    Brian Reynolds

    4 min
  • Miércoles 4 de Noviembre de 2026 / El propósito de Dios: el hombre morando con Dios

    ¡Cuán amables son tus moradas, oh Jehová de los ejércitos!

    Salmo 84:1

    El propósito de Dios: el hombre morando con Dios

    El corazón que ha encontrado a Dios anhela morar con él. Fue ese deseo el que impulsó a los discípulos, en el monte de la transfiguración, a pedir que se levantaran tres tabernáculos. Era un pensamiento propio del judaísmo, ciertamente, pero detrás de ello había una verdad más profunda: no podían soportar la idea de que el Señor Jesús se marchara. Querían que se quedara con ellos. Él, sin embargo, no pudo quedarse; pero les dejó palabras de consuelo: “No se turbe vuestro corazón… En la casa de mi Padre muchas moradas hay… voy, pues, a preparar lugar para vosotros” (Jn. 14:1-2).

    En esto se revela, de manera gloriosa, algo nuevo y asombroso: que el hombre será llevado a morar con Dios en su propia casa. El Señor Jesús no pudo permanecer con sus amados discípulos en la tierra, porque este mundo está contaminado; pero tendrá a los suyos morando con él, en un lugar de santidad, plenamente adecuado a la gloria y a la pureza de Dios. “Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo” (Jn. 17:24).

    Este deseo de una morada para Dios también brotó en el corazón de Moisés. Al relatar los hechos poderosos y la gracia redentora del Señor, la fe expresa este pensamiento plenamente: “Condujiste en tu misericordia a este pueblo que redimiste; lo llevaste con tu poder a tu santa morada” (Éx. 15:13).

    El cántico de redención no solo celebra la liberación, sino también el destino: una morada con Dios. Y, más adelante, se nos da la promesa clara de esta gloriosa «novedad»: “Tú los introducirás y los plantarás en el monte de tu heredad, en el lugar de tu morada, que tú has preparado, oh Jehová” (Éx. 15:17). Esto es lo que él haría con ellos: No solo les daría descanso en el desierto, sino la plena realización del propósito de Dios: llevar a su pueblo a su santuario, el lugar que él mismo ha preparado. ¡Qué elevado pensamiento! ¡El hombre morando con Dios! ¡A Él sea toda la gloria!

    J. N. Darby

    4 min
  • Martes 3 de Noviembre de 2026 / La obediencia de la fe y la prueba de la fe

    Jehová había dicho a Abram: Vete de tu tierra y de tu parentela, y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré.

    Génesis 12:1

    La obediencia de la fe y la prueba de la fe

    La fe puede debilitarse cuando nos enfocamos más en nuestro compromiso personal que en el propósito de Dios. Abraham no cayó en esta trampa. Él dejó lo familiar por lo desconocido, y recibió muchas bendiciones.

    Vivir por fe es siempre la respuesta correcta cuando Dios nos llama a avanzar. Ese llamado puede llegar en cualquier etapa de la vida y en toda circunstancia. Abraham tenía 75 años cuando emprendió su viaje (v. 4). David era un joven pastor cuando fue ungido para ser rey (véase 1 S. 16:11-13). Pablo se encontró con el Señor cuando iba rumbo a Damasco para arrestar a creyentes judíos; tras su conversión, fue enviado a los gentiles como ministro del Evangelio (véase Hch. 9:1-6; 22:21). Tal vez nuestra propia experiencia no sea tan dramática, pero todo llamado implicará caminar por fe.

    Seguir a Dios no excluye las pruebas. Como nosotros, Abraham tuvo aciertos y fracasos. Respondió con fe al llamado inicial de dejar su tierra, y como resultado recibió una promesa de bendición para él y sus descendientes. Pero cuando llegó el hambre, su reacción fue distinta: descendió a Egipto, ocultó la verdad sobre su matrimonio con Sara, y esto trajo juicio sobre el Faraón (véase Gn. 12:10-20). Nuestra respuesta a los mandatos de Dios realmente importa. Por medio de nuestras acciones, podemos traer bendición… o aflicción.

    Obedecer al Señor puede ser incómodo. Quienes nos rodean podrían cuestionar nuestras decisiones o no comprender nuestras motivaciones. Incluso nuestro propio corazón puede resistirse a lo que Dios nos pide. Pero la fe persevera. Nos sostiene para seguir en obediencia, y nos permite experimentar las bendiciones reservadas para quienes caminan en comunión con Cristo.

    Tim Hadley, Sr.

    Que seamos instruidos, por Ti mismo dirigidos;

    Con tu yugo suave y blando, los oprobios aceptando al obedecerte a Ti.

    R. Holden

    4 min
  • Lunes 2 de Noviembre de 2026 / Tito (4) Nombrando ancianos

    Te dejé en Creta, para que corrigieses lo deficiente, y establecieses ancianos en cada ciudad, así como yo te mandé… hay aún muchos contumaces, habladores de vanidades y engañadores, mayormente los de la circuncisión, a los cuales es preciso tapar la boca; que trastornan casas enteras, enseñando por ganancia deshonesta lo que no conviene.

    Tito 1:5, 10-11

    Tito (4)

    Nombrando ancianos

    El apóstol Pablo tenía un doble ministerio: el Evangelio y la verdad de la Iglesia. Como buen líder, él centró su atención en estos dos aspectos, delegando a otros colaboradores asuntos necesarios pero secundarios, como el bautismo de nuevos creyentes (véase 1 Co. 1:14-17). Así, escribió a Tito –uno de sus colaboradores– para recordarle la razón por la que lo había dejado en Creta: “Para que corrigieses lo deficiente, y establecieses ancianos en cada ciudad, así como yo te mandé”. Muchos de los judíos con los que Pablo dialogaba en las sinagogas conocían bien las Escrituras del Antiguo Testamento. Sin embargo, la mayoría de los gentiles que se convertían salían de un trasfondo completamente pagano, con escaso o nulo conocimiento del Dios verdadero.

    Humanamente hablando, es asombroso cómo, en cuestión de días o semanas, Pablo podía establecer una iglesia funcional en una ciudad pagana. Esto solo puede explicarse por la obra poderosa del Espíritu Santo, quien suele hacerlo a través de instrumentos humanos.

    No se nos detalla todo lo que quedaba por poner en orden en Creta, pero sí se nos dan las cualificaciones necesarias para el cargo de anciano (véase vv. 6-9). Es probable que estas características requirieran tiempo para desarrollarse en un hombre y su familia recién salidos del paganismo. Tito, como representante del Señor, debía esperar con paciencia, dar un buen ejemplo en su propia vida, y solo entonces confiar el cargo de anciano a creyentes provenientes de la cultura cretense, en la cual los hombres se caracterizaban por ser “siempre mentirosos, malas bestias, glotones ociosos” (v. 12). ¡Qué cambio el ser nuevas criaturas!

    Eugene P. Vedder, Jr.

    4 min
  • Domingo 1 de Noviembre de 2026 / El malhechor en la cruz nos señala el camino al cielo

    De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso.

    Lucas 23:43

    El malhechor en la cruz nos señala el camino al cielo

    Contemplamos cómo resplandece la gracia en la salvación del malhechor en la cruz. Él no tenía buenas obras en las que confiar ni había realizado actos de caridad. Jamás había conocido el bautismo ni la Cena del Señor. En definitiva, su situación parecía irremediablemente perdida. ¿Qué opciones tenía? ¿Hacia dónde podía volverse? Sus manos y pies estaban clavados a la cruz de un malhechor, haciendo fútil cualquier mandato de acción o movimiento. Sus manos, que antes usaba para la violencia, ahora estaban inmóviles en el madero. Sus pies, que lo habían llevado por el camino del transgresor, ya no podían conducirlo a ningún lugar.

    Sin embargo, observemos algo crucial: aunque el pobre malhechor ya no podía valerse de sus manos ni pies –tan esenciales en una religión de obras–, su corazón y su lengua permanecían libres. Y son precisamente estos los que actúan en una religión de fe, como leemos en el capítulo 10 de Romanos: “Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación” (Ro. 10:10).

    ¡Qué preciosas palabras! ¡Cuán apropiadas para el malhechor en la cruz! ¡Y cuán oportunas para todo pecador perdido, deshecho y sin esperanza! Porque todos debemos ser salvos de la misma manera que el malhechor en la cruz.

    No existen dos caminos al cielo –uno para religiosos, moralistas y fariseos, y otro para el malhechor. Existe un único camino. Este sendero parte desde el mismo trono de Dios hasta donde yace el pecador culpable, muerto en delitos y pecados, marcado por las huellas del amor redentor; y de ahí retorna al trono, por la preciosa sangre expiatoria de Cristo. Este es el camino al cielo: un camino “recamado de amor” (Cnt. 3:10), rociado con sangre, y transitado por una dichosa y santa compañía de adoradores redimidos, reunidos de todos los términos de la tierra, para entonar el himno celestial: «¡Digno es el Cordero que ha sido inmolado!» (véase Ap. 5:12).

    C. H. Mackintosh

    4 min
  • Sábado 31 de Octubre de 2026 / La futura bendición de Israel

    Ciertamente volverán los redimidos de Jehová; volverán a Sion cantando, y gozo perpetuo habrá sobre sus cabezas; tendrán gozo y alegría, y el dolor y el gemido huirán.

    Isaías 51:11

    La futura bendición de Israel

    Aunque estas palabras se escribieron hace muchos siglos, su cumplimiento aún es futuro. El Antiguo Testamento, escrito desde una perspectiva judía, enfatiza una y otra vez la bendición final que recibirá la nación de Israel. A pesar de sus fracasos, desobediencia y rebelión, Dios no ha desechado a su pueblo. Muchos –incluso entre los cristianos– han supuesto que ya no hay restauración para Israel. Sin embargo, tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento dan testimonio de la asombrosa misericordia de Dios, quien ha soportado con paciencia a esta nación culpable –aún en el presente– y quien les ha prometido restauración y bendición futuras.

    Durante la presente dispensación de gracia –desde la cruz hasta el arrebatamiento de la Iglesia–, todo creyente en el Señor Jesús es rescatado de la culpabilidad de sus pecados. Israel, en cambio, no ha experimentado esta redención como nación durante estos siglos. Pero tras el arrebatamiento de la Iglesia, Dios comenzará una profunda obra de gracia en el pueblo judío, y muchos de ellos llegarán a ser conocidos como “los redimidos de Jehová”.

    ¡Qué cambio glorioso será para ellos! Aunque han estado dispersos por todo el mundo, regresarán. Volverán a Dios y reconocerán que él se ha revelado plenamente en Jesucristo. Entonces acudirán con gozo a Sion –es decir, Jerusalén– que es el centro terrenal de los tratos de Dios para con la humanidad. Ellos vendrán con gozo perpetuo sobre sus cabezas. Las bendiciones que alguna vez fueron pasajeras serán ahora permanentes. La tristeza y el suspiro, que durante tanto tiempo marcaron su historia, desaparecerán para siempre.

    Nosotros, quienes ya estaremos con el Señor Jesús en aquel tiempo, seremos testigos de esta gran transformación y nos regocijaremos con ellos. Estaremos agradecidos de ver muchas almas nacidas de nuevo adorando a Cristo y siendo colmadas de bendiciones en la tierra.

    L. M. Grant

    4 min
  • Viernes 30 de Octubre de 2026 / Humildad de espíritu

    El hombre que procediere con soberbia, no obedeciendo al sacerdote que está para ministrar allí delante de Jehová tu Dios, o al juez, el tal morirá; y quitarás el mal de en medio de Israel. Y todo el pueblo oirá, y temerá, y no se ensoberbecerá.

    Deuteronomio 17:12-13

    Humildad de espíritu

    Cuando surgía un asunto difícil entre el pueblo de Israel, ellos debían levantarse y recurrir al lugar que el Señor su Dios hubiere escogido (véase v. 8). Allí se emitiría el juicio, proveniente de los sacerdotes, los levitas y “el juez que hubiere en aquellos días” (v. 9). El pueblo debía obedecer y actuar conforme a esa decisión. Pero si alguien actuaba con presunción y desobedecía deliberadamente, su castigo era la muerte, para que todos oyeran, temieran y no repitieran tal conducta.

    De esta instrucción se desprenden tres principios fundamentales:

    1. Cuando no podían resolver un conflicto por sí mismos, debían acudir al lugar elegido por el Señor.

    2. Los sacerdotes y levitas emitirían un juicio conforme a la Ley y el pensamiento de Dios.

    3. Si alguien no obedecía, entonces debía morir.

    Estos principios tienen una aplicación moral y espiritual en el Nuevo Testamento, en Mateo 18:15-17. Allí se trata el caso de una ofensa personal entre dos creyentes. Cuando el ofensor persiste en su actitud soberbia y se niega a escuchar –primero a la parte ofendida, y luego al resto–, el caso debe ser presentado a la iglesia. Entonces, la iglesia, con una buena actitud espiritual y en conformidad con las Escrituras, debe hablar con él. Si él escucha a la iglesia, entonces se ha ganado a un hermano, pero “si no oyere a la iglesia, tenle por gentil y publicano”. Es sorprendente cómo algo que podría parecer insignificante puede conducir a un juicio serio. Pero todo depende de la actitud del corazón.

    “Todos, sumisos unos a otros, revestíos de humildad; porque: Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes” (1 P. 5:5).

    Alexandre Leclerc

    4 min
  • Jueves 29 de Octubre de 2026 / La expresión “No temáis” en el Evangelio según Lucas (2)

    Entonces el ángel le dijo: María, no temas, porque has hallado gracia delante de Dios.

    Lucas 1:30

    La expresión “No temáis” en el Evangelio según Lucas (2)

    María parece haberse turbado más que Zacarías al recibir el saludo del ángel Gabriel (v. 28). En efecto, Lucas utiliza una palabra griega más intensa para describir su turbación, aunque el resultado de su encuentro fue mucho más alegre. Zacarías quedó mudo, pero María magnificó al Señor por su misericordia (vv. 46-55).

    ¿Qué podemos aprender de la experiencia de María? Ante todo, que la disposición de Dios es bendecir. Envió a Gabriel con dos expresiones llenas de gracia: “Salve”, que puede traducirse como «te deseo alegría», y “muy favorecida”, una expresión estrechamente relacionada con la gracia. Gozar de Dios y remontarse a su gracia es uno de los grandes temas del Evangelio según Lucas (véase Lc. 2:10-11; 15:22-24; 24:50-53).

    Es probable que María se sintiera particularmente turbada al escuchar las palabras: “El Señor es contigo” (Lc. 1:28). Desde su infancia, sin duda, habría aprendido sobre la majestad y santidad de Dios al leer el Antiguo Testamento. Ahora, el ángel le decía que ese Dios estaba con ella. ¿Qué podía significar eso? Vivimos en una época en la que no hay temor de Dios ante los ojos de los hombres, y esa falta de reverencia impide oír lo maravilloso del mensaje con el que Gabriel se dirige a María: “No temas.”

    Naturalmente, María no podía comprender cómo concebiría un hijo. Su pureza moral (véase Lc. 1:27) hacía necesario el milagro del nacimiento virginal, mediante el cual su Hijo estaría libre de toda mancha de pecado. María era pecadora y se regocijó en Dios como su Salvador (v. 47). La sencillez de su pregunta (v. 34) fue equiparada por lo que ella dijo luego de la respuesta del ángel: “He aquí la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra” (v. 38). Con esas palabras, María se ofreció para que Dios la usara en una obra única: traer a Su Hijo al mundo en verdadera humanidad, para morir por nosotros (v. 42).

    ¡Que también nosotros estemos disponibles para Dios como lo estuvo María!

    Simon Attwood

    4 min
  • Miércoles 28 de Octubre de 2026 / Tito (3) Fieles administradores

    Exhortamos a Tito para que tal como comenzó antes, asimismo acabe también entre vosotros esta obra de gracia… estando también muy solícito, por su propia voluntad partió… Y enviamos juntamente con él al hermano cuya alabanza en el evangelio se oye por todas las iglesias… para llevar este donativo… procurando hacer las cosas honradamente… delante del Señor… [y] delante de los hombres.

    2 Corintios 8:6, 17-19, 21

    Tito (3)

    Fieles administradores

    La obra del Señor abarca más que la predicación del Evangelio y la enseñanza de la Palabra. Las finanzas, inevitablemente, forman parte de ella y deben ser administradas con fidelidad. “Se requiere de los administradores, que cada uno sea hallado fiel” (1 Co. 4:2), no solo delante del Señor, sino también ante los hombres.

    Los primeros creyentes de Jerusalén y las regiones circundantes reunieron sus recursos, vendiendo tierras y posesiones, y depositaron el dinero a los pies de los apóstoles para que se distribuyera según las necesidades. Con el tiempo, la responsabilidad de administrar estos bienes fue asignada a otros hombres fieles. La sabiduría de esta administración se hizo evidente durante los tiempos de hambre y persecusión. Más adelante, partiendo por Antioquía (véase Hch. 11:28-30), las iglesias –compuestas principalmente de creyentes gentiles– comenzaron a ocupar un lugar preponderante en el envío de ayuda económica. En Gálatas 6:6 leemos que este principio también se hace extensivo a nosotros.

    Los creyentes de las iglesias en Macedonia y la región de (la actual) Grecia respondieron con generosidad para cubrir estas necesidades. En aquel tiempo, no existían los billetes, los cheques ni las transferencias electrónicas. El dinero consistía en monedas o lingotes de cobre, plata o incluso oro, los cuales debían ser transportados y resguardados con gran cuidado durante largos viajes. Por esta razón, el apóstol Pablo encargó a Tito y a dos hermanos –elegidos por las iglesias locales– la misión de recoger y trasladar estos donativos. Los creyentes los habían apartado cada semana, conforme a la instrucción de 1 Corintios 16:1-4. Pablo elogia a Tito, quien ya había iniciado este servicio con responsabilidad, y se refiere a sus colaboradores con términos de mucho respeto y aprecio.

    Eugene P. Vedder, Jr.

    4 min

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