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Quienes hayan leído a Haruki Murakami saben bien que la música es un elemento imprescindible en su narrativa. Un elemento que es tomado familiarmente, cotidianamente, como muchos suelen escuchar música; al lado de nuestras tareas cotidianas, mientras trabajamos, mientras cocinamos, mientras caminamos por la calle, mientras estamos en el trasporte público o al hacer ejercicio. La música es como una compañía en un sentido casi presencial; algo que está ahí y que da un acento especial al instante, que lo vuelve más alegre, que lo melancoliza o quizá le otorga cierta épica a un hecho aparentemente rutinario o trivial.
By Nicolas PeñaQuienes hayan leído a Haruki Murakami saben bien que la música es un elemento imprescindible en su narrativa. Un elemento que es tomado familiarmente, cotidianamente, como muchos suelen escuchar música; al lado de nuestras tareas cotidianas, mientras trabajamos, mientras cocinamos, mientras caminamos por la calle, mientras estamos en el trasporte público o al hacer ejercicio. La música es como una compañía en un sentido casi presencial; algo que está ahí y que da un acento especial al instante, que lo vuelve más alegre, que lo melancoliza o quizá le otorga cierta épica a un hecho aparentemente rutinario o trivial.