Un día normal. Una sesión por la mañana. Tamales de regreso a casa.
Y en los cinco minutos que tardé en entrar a una farmacia a comprar unas gotas para los ojos, alguien tomó mi mochila. Cámara, lentes, flash, computadora, discos duros. Alrededor de 18,000 dólares en equipo.
Lo que sentí no fue lo que esperaba sentir.
En este episodio cuento qué pasó ese día, por qué decidí pedir ayuda públicamente — sabiendo que algunos hablarían mal — y lo que esa decisión me enseñó sobre la vulnerabilidad, la comunidad y el valor real de las cosas.
Y por qué la frase que se me vino a la mente esa tarde sigue siendo la más honesta que me he dicho:
A mí no me robaron nada. Solo las cosas cambiaron de lugar.
Para cualquier persona que haya perdido algo y no haya sabido bien qué hacer con esa pérdida.
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