Si Dios es el dueño de todo, no deberé sorprenderme si un día me pide cuentas de cualquier cosa de su propiedad, incluyendo mi propia persona. De hecho, no solo no deberá sorprenderme, sino que debo esperarlo, pues Romanos 14:12 dice claramente que cada uno de nosotros dará a Dios cuenta de sí.