Muchas veces nos levantamos y nos acostamos sin siquiera detenernos un segundo para agradecer las miles de bendiciones que caen del cielo sobre nosotros. Poder escuchar la risa de nuestros niños, poder sentir el olor de nuestra comida, contemplar el verdor de los árboles y el azul del cielo.
Y es que a veces damos tanta atención a nuestros problemas o necesidades que no nos queda espacio para disfrutar las bondades que recibimos.