Cuando aparece Juan el Bautista, después de cuartrocientos años de silencio, el último profeta antes del Señor Jesús, su precursor, hay algo que nos llama la atención y es que vestía de una manera extraña y comía insectos. No común para el embajador con la misión más importante de la historia. Sin embargo, para el profeta, la apariencia no tenía ningún valor. Dios no mira la apariencia, Dios mira el corazón.