Kristoff Salmaz

El verdadero espíritu de la Navidad


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Este año, nuestras preocupaciones van más allá de estos recuerdos y estas preocupaciones que después nos dejaron un recuerdo grato, una anécdota graciosa, una nota discordante. 2020 no se tentó el corazón, por decirlo así, y se nos dejó ir con todo logrando que la solidaridad se sintiera hombro con hombro, codo con codo a pesar de la sana distancia, a pesar de la incertidumbre de no saber lo que sigue, a pesar de la indolencia de aquellos que relativamente nos gobiernan y cuidan nuestros intereses. Este año tuvimos que sufrir en carne propia el dolor por la ausencias y las distancias, pero como buenos mexicanos - y como seres humanos - nos dimos la oportunidad de usar todas red social que estuviese a nuestro alcance para poder comunicarnos con nuestros seres queridos, lejos por la enfermedad o por la prevención a ella. No, jamás es fácil lidiar con la lejanía, con la angustia, con la maldita mano fría que nos recorre la espina cada vez que nos dan una noticia que no esperamos, cada vez que suena el teléfono sabiendo que uno de los nuestros está enfermo, cada vez que sabemos que hubo recorte de personal en la oficina o en la fábrica o donde sea que laboremos.
Aún así, hijos de la mala vida, seres que nos burlamos de la muerte aunque nos ronde la esquina, sabemos salir adelante y ser empáticos los unos con los otros. Ojo, me refiero a los mexicanos de buena cepa, aquellos que no nos dejamos cegar por partidismos, por fanatismos cualquiera que sea su tipo, por cerrazones de la edad o por lo que sea que nos encierra en un cuadro, que nos margina de las obras buenas hechas y por hacer, por reconocer a aquellos que, sin importar nada, se quitan el pan de la boca, se quitan la camisa por quienes más necesitan. Eso es empatía, eso es amor por el prójimo, eso es dar a quienes no tuvieron nuestra "suerte" o la oportunidad de ser y de estar a veces en el peor lugar en el mejor momento. Lo sé, no todo es suerte, porque la suerte es la mejor aliada de quienes trabajan, de quienes se esfuerzan, pero siempre es necesario que la susodicha nos encuentre haciendo algo de provecho.
Un ejemplo burdo acerca del espíritu navideño, algo que sucede cada septiembre: inicia el mes de las fiestas patrias y casi de inmediato colgamos el adorno en el espejo retrovisor de nuestro automóvil, ponemos nuestra bandera en casa, adornamos nuestro lugar de trabajo con los colores patrios o colgamos una bandera monumental en nuestra casa. Nos preparamos para cuanta noche mexicana haya, para beber tequila, para comer garnachas y antojitos, para bailar, para vestirnos con trajes típicos y para gritar los consabidos "viva México" y partirle el corazón a cualquiera que mancille su nombre, y queremos reconquistar Texas y anunciamos que "Mexico is the shit" a los cuatro vientos; en otro momento vimos la ceremonia del Grito y cantamos con gallardía el himno nacional, saludando a la bandera y de pie. Pasado el momento, a comer, a beber y a bailar que septiembre se va a acabar; el día siguiente, entre crudos y cocidos, vimos la parada militar y nos dedicamos a relajarnos o a curarnos la resaca para ir a trabajar al día siguiente. Terminan las fiestas y adornos y toda la parafernalia patria va a dar a la basura o al rincón más alejado de nuestro armario. Y ya, se nos olvida el resto del año que somos mexicanos y que por nuestro país damos la vida; ya no somos mexicanos veinticuatro siete...
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