Vamos a dedicar nuestro próximo programa al violinista del diablo, Niccolò Paganini. Pero antes de adentrarnos en la vida de este virtuoso lleno de leyenda, queremos detenernos en el instrumento que le dio fama: el violín. ¿Es posible sacarle un sonido claro y afinado? ¿Qué complicaciones tenían los violinistas de su tiempo para dominar esta herramienta?
El violín, a finales del siglo XVIII, no era un instrumento al alcance de cualquiera. Requería dedicación, paciencia… y dinero. No solo por las clases, que solían reservarse a las familias acomodadas o a quienes ingresaban en algún conservatorio, sino también por el coste del propio instrumento. Un violín artesanal, de calidad media, podía costar unas 8 o 10 libras esterlinas de la época, lo que equivaldría hoy a más de 1.000 euros. Y eso sin contar el arco, el estuche o el mantenimiento del barniz y las cuerdas, muchas veces de tripa natural.
Dominar el violín no consistía solo en colocar bien los dedos. Sin trastes que guíen la posición, el violinista debía afinar su oído al milímetro. Además, la técnica del arco —la presión justa, la velocidad adecuada, la inclinación perfecta— requería años de práctica para lograr un sonido limpio, sin chirridos ni falsos armónicos. Cada nota exigía precisión. Cada pieza, memoria muscular. Y cada concierto, concentración absoluta.
A finales del siglo XVIII y principios del XIX, las orquestas europeas se llenaban de músicos profesionales, muchos de los cuales habían empezado como aprendices desde la infancia. Solo unos pocos alcanzaban la excelencia. Paganini fue uno de ellos. Pero no adelantemos acontecimientos: en el programa hablamos largo y tendido sobre su vida, sus mitos… y esa supuesta alianza con el diablo que tanto escándalo causó en su época.
La figura de Paganini sigue fascinando, pero solo se comprende en toda su dimensión si entendemos primero la exigencia del instrumento que dominaba como nadie.