Pocas figuras del pasado han sido tan distorsionadas por el tiempo como Elizabeth
Báthory (1560–1614), condesa húngara cuyo nombre ha quedado irremediablemente
asociado al horror, la crueldad y lo sobrenatural. Conocida popularmente como la
“Condesa Sangrienta”, su figura ha sido repetidamente invocada en la literatura gótica,
el cine de terror y la cultura popular como arquetipo de la aristócrata sádica, sedienta de
sangre joven, cuyos crímenes habrían alcanzado cifras fantásticas —se habla a menudo
de 650 víctimas— y cuyos rituales incluían baños en sangre virginal para preservar su
belleza. Sin embargo, tras esta imagen macabra yace una mujer real, enraizada en un
contexto histórico complejo: la Hungría del siglo XVI, un territorio fracturado entre el
Imperio otomano, la monarquía habsbúrgica y una nobleza local ferozmente
independiente.