A las 3:47 a.m. del 12 de enero de 2015, en la Unidad de Allan B. Polunsky, al este de Texas, el preso número 999388 fue despertado por dos guardias. Le entregaron un traje naranja, le permitieron ducharse y le ofrecieron su última comida. Pidió pollo frito, puré de patatas, pan de maíz y una Coca-Cola. No comió nada. Sentado en su celda de 2,13 metros por 1,22, escribió una carta a su hija de 14 años: “No llores por mí. Lucha por los que no pueden luchar”. A las 6:08 p.m., tras 16 años en el corredor de la muerte, Robert Pruett fue inyectado con una mezcla letal de midazolam, vecuronio y cloruro de potasio. Sus últimas palabras fueron: “Estoy listo. Dile a mi familia que los amo”.