EN EL SILENCIO DEL VOLCÁN 12
Celtibera espada en Guadalerzas
con once alas blancas solitarias,
Sancho moliendo en paz blandiendo el horizonte
tras siglos de ser tan solo una silueta.
Godos y árabes viviéndose entre ellos,
sembrando hijos creciéndose en la historia,
mozárabes sintiendo el fuego de castilla,
cuidando el azafrán la virgen blanca.
Se respira el aroma de los persas
envuelto en un color dulce y morado,
color de budistas vestiduras,
legado dicen fue también de griegos y romanos.
De antiguo perfume y religioso,
fuentes, molinos, marcan su púrpura andadura,
pintando en los octubres condimentos,
que son de campos y son de caseríos
durante su cultivo el alimento.
Una seda cubre los campos y las eras,
del tono de las piedras a la siesta,
la noche le concede esa textura
que tienen en la orilla del mar el nácar muerto.
Se balancea al viento a pesar de ser tan diminuta,
destaca el contraluz de las vidrieras
que forman gotas de sudor,
cristales en sus hojas de noches ateridas.
El hambre, la sed, de tanto tiempo
a la intemperie de la vida, hace que se sienta más lejana
que lejanas se sienten las esporas, que vuelan empujadas por el viento
a verter el alma en otros lares.
Vivir, volar a otros lugares,
es la esencia de todo lo que existe,
y si existir es dar la voz a los lamentos
también es dar gritos a la alegría.
El crepúsculo, la sombra, la penumbra,
hace que cientos de mil flores se distraigan,
se oculten al frío de la noche,
parezcan muertas al son de ese silencio
que confunde la vida en sus tinieblas.
Amanece despacio en la llanura,
el sol abofetea los rayos del ocaso,
el alba trae al día esa centella
que se crece en sí misma en la jornada,
naciendo mil y una llamaradas detrás del horizonte,
mientras nace de nuevo el astro dios,
creándose de nuevo ese milagro
que da color a todo, a nuestra vista,
formándose de crocos y alazores
la alfombra con que cubre nuestra tierra.
Chema Muñoz©