EN EL SILENCIO DEL VOLCÁN 28
Cuando desees un beso dímelo,
mi alma guarda los de verdad para tu boca.
No importa que me odies,
ni que te haya odiado,
el alma sabe discernir donde amar,
donde decir, donde poner un beso,
cuando sentir tu mano acariciando el cielo.
Hacer de este planeta la nave del amor,
sentirse dentro de él solo como una lágrima
navegarlo en la piel, acariciar los flujos
y beberse de un sorbo todas las cataratas
que nutren de su cuerpo.
Balancearse al ritmo de hojas al caer,
como una rama al viento esperando
sentirse sembrada en sus entrañas
a la luz de luciérnagas,
mirando de reojo como te observa el mundo
como mueren de envidia las estrellas en luz
sabiendo que ese amor, no es hoy para ellas.
Fantasmas deambulan todos los universos
muertos de amor algunos,
otros esperan besos que los lleve a la luz
cada “te amo”.
Se les clava en el alma y miran y escudriñan,
por donde va su amor sin emplear la fuerza
de romper con el mundo que se los tiene presos
buscándose pretextos, abandonando así ese deseo de amar.
Y no hay, no hay pretextos
solo cuerpos inertes vacíos de por vida,
la esencia de la vida te la entregó un “te quiero”
allá por los diciembres cerca de los volcanes,
cerca de las ausencias, de los mil compromisos
con que quiso romper para andar en las nubes
encontrando por fin el camino a su cielo.
Chema Muñoz (c)