EN EL SILENCIO DEL VOLCÁN 3.-
Vengo buscando brújulas para encontrar las razones
alzando al aire como a un niño, las palabras que se nacen
cada segundo que vivo.
Y tengo ya derretidos los barrotes de mis brazos
por convertir desalientos redondos y amaneceres
en penas que me segregan las madejas de los tiempos.
Y tú cintura reclama las alertas de un amor que desea ser materno,
pero el infierno está cerca y se vacían las albercas
para llenarse de hambres y los hombres son hogueras de eternidad,
de nostalgias de los vientos, los albergues de arco iris
se cierran como las puertas por los latidos del miedo.
Son recuerdos y silencios venidos de rio arriba,
donde las enredaderas se enredan bajo la tierra,
donde duermen los erizos, y se confunde la sal en las gotas de la lluvia
sin conocer su destino, sin encontrar su nacencia,
como lagrimas que llueven en comisuras de labios.
La extrañeza es un castigo en la mirada de un niño,
el no sentarse a la mesa, el no jugar a la comba,
no aprenderán a subirse al nivel de la ternura
que da la rama de un árbol, ni el tamaño de los sueños,
ni acariciar la mejilla mientras oyen una nana,
cuanto menos sentirán el agua del rio correr como corre un huracán.
No recuerdo ya muy bien por la edad de estas llanuras
todas aquellas historias que me contaba mi abuelo,
de aquellos campos de trigo, como corría por el campo para ganar a su perro
ni las piedras que tiraba para acertar a un ciruelo.
La soledad fue viniendo, se fue acabando en el tiempo
y su sonrisa fue limpia mientras se le convirtieron
como en vuelo de paloma aquellos delgados dedos
Y en un tono anacarado uno a uno sus cabellos.
Chema Muñoz©