Cuando hablamos de obediencia, nos damos cuenta de que muchos de nosotros crecimos asociándola con miedo: miedo a fallar, miedo a decepcionar, miedo a ser castigados. Y sin darnos cuenta, ese mismo enfoque puede filtrarse en la manera en que guiamos a nuestros hijos. Pero la obediencia que nace del temor nunca transforma el corazón; solo modifica la conducta por un momento. Por eso hoy quiero que hablemos con calma, como cuando uno se sienta con un amigo a platicar sin prisa, sobre esa obediencia que no se impone, sino que se inspira; esa obediencia que no nace del miedo, sino del amor. Porque cuando un niño entiende que es amado, valorado y visto, su respuesta natural es confiar, y desde esa confianza, aprender a obedecer con libertad.
Tu amigo Israel Meza, que Dios te bendiga siempre y recibe un fuerte abrazo.