Un brillo de plata a la tarde como el filo de un alfanje
se vislumbra allá lejos, donde sus faros se acercan,
donde la fiebre se atreve, y en el fuego de la tarde,
la siesta, y las fumarolas le dan rumbo a su fragancia.
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Ir en busca de esa alma perdida que duerme en tu mano
al placer de una caricia en las cuerdas del ensueño,
al frenesí de ese amor cuando está solas contigo
al favor de tus deseos.
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No es estéril cuando escuchas a tu piel gritando al sol
y buscando tu estructura, como al rugido del mar
ese estupor de la lava cuando lo emite un volcán
dando vueltas en la espiral que se envuelve en el deseo.
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Se me viene y se me va al sonido de la fragua
que golpea a los gemidos del alma a ritmo de los latidos
con que carga el corazón entre fiebre y convulsiones
que galopan en la arena desde tu mano fetiche
y se desmaya al final con frívolo frenesí.
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Se reposa entre las olas del amor que se durmió,
que se despierta a la tarde con el sol entre las piernas
con los ojos del reposo, con la boca en la quietud
refugiada en un columpio al vaivén de las caderas
al detenerse la sed del reposo en su camino.
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Es encontrarse así mismo debatiéndose en el gozo
la soledad a pedazos como nómada en el lecho,
Y sé que piensa, y yo pienso en el deseo de amarla
entre el insomnio y a ciegas entre su cuello y su espalda
a ciegas de enojados paraísos, una sonrisa en penumbra
el olor a hierbabuena y el ballet de sus latidos
adorando los rincones cuando se duermen por fin
en mi pecho y se callan los tormentos y en sus ojos un hechizo.
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Chema Muñoz©