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"Hijo mío, no menosprecies la disciplina del Señor, ni desmayes cuando eres reprendido por él", Hebreos 12:5
Es muy fácil afligir al Espíritu de Dios. Lo hacemos menospreciando la disciplina del Señor o desanimándonos cuando nos reprende. Si nuestra experiencia de santificación todavía es muy superficial, confundimos la realidad de Dios con las sombras. Y cuando el Espíritu de Dios nos redarguye, decimos equivocadamente: “Oh, eso debe ser el diablo”.
Nunca apagues al Espíritu y no lo desprecies cuando te dice: “Ya no seas más ciego en este asunto; tú no estás donde creías. Hasta ahora no te lo he podido revelar, pero lo estoy haciendo en este momento”. Cuando el Señor te disciplina sí, déjalo cumplir tu propósito en ti. Permite que Él te relacione correctamente con Dios.
"Ni desmayes cuando eres reprendido por él". Nos enfadamos con Dios y decimos: “Pues, no lo puedo remediar, oré y de todas maneras las cosas no salieron bien, no me queda más sino abandonarlo todo”. ¡Piensa lo que sucedería si actuáramos así en cualquier otra área de nuestra vida!
¿Estoy dispuesto a que Dios me sujete por su poder y realice una obra en mí verdaderamente digna de Él? La santificación no es la idea que tengo de lo que yo quiero que Dios haga por mí. La santificación es la idea de Dios acerca de lo que Él quiere hacer a mi favor. Pero Él tiene que conseguir que yo adopte una actitud mental y espiritual que le permita santificarme por completo, cueste lo que cueste.
"No apaguéis al Espíritu", 1 Tesalonicenses 5:19
La voz del Espíritu de Dios es tan suave como una brisa apacible y por eso si no estás viviendo en perfecta comunión y unidad con Dios, no la puedes oír. Las advertencias y exhortaciones del Espíritu nos llegan en formas extraordinariamente suaves y si no eres muy sensible para percibir su voz, la apagarás y tu vida espiritual se perjudicará. Cuando Él nos redarguye, siempre lo hace con un apacible y delicado susurro (ver 1 Reyes 19:11-12), el cual es tan tenue que sólo un santo de Dios lo notará.
Cuídate de que en tu testimonio personal no tengas que mirar hacia atrás y decir: “alguna vez, hace varias años, yo fui salvo”. Si has puesto tu mano en el arado y estás andando en la luz, no tienes porqué mirar atrás, ya que el pasado se ha vertido en la maravilla presente de tu comunión y unidad con Dios (ver Lucas 9:62 y 1 Juan 1:6-7). Si te sales de la luz, te volverás un cristiano sentimental y vivirás solamente de recuerdos y tu testimonio tendrá un timbre duro de metal. Ten cuidado de no intentar encubrir tu rechazo actual a caminar en la luz con recuerdos de experiencias pasadas, cuando sí andabas en ella. Siempre que el Espíritu te reprenda, detente y rectifica tu vida, o de lo contrario, continuarás apagándolo y contristándolo sin siquiera saberlo.
Supongamos que Dios te ha llevado hasta una crisis que apenas soportas. Él permitirá que ésta se repita, aunque ya no será tan aguda como la anterior. Habrá menos discernimiento y más humillación por no haber obedecido. Si continúas contristando a su Espíritu, vendrá un tiempo cuando esa crisis no podrá repetirse porque lo habrás apagado completamente. Pero si la soportas, tu vida se convertirá en un himno de alabanza a Dios. Nunca sientas simpatía por algo que lo hiere a Él constantemente. Dios tiene que herir aquello que debe irse de tu vida.
"¿Porqué teméis, hombres de poca fe?", Mateo 8:26
Cuando tenemos temor lo único que podemos hacer es orar a Dios. Pero nuestro Señor tiene el derecho de esperar que los que invocan su nombre confíen en Él con entendimiento. Dios espera de sus hijos tal confianza en Él, que en cualquier crisis sean ellos en quienes se puede confiar. Sin embargo, nuestra confianza llega hasta cierto punto; luego nos volvemos a las oraciones elementales de pánico de quienes no lo conocen. Nos desesperamos, demostrando que no tenemos la menor confianza en Él o en su control soberano sobre el mundo. Nos parece que está dormido y sólo vemos gigantescas y espumeantes olas en el mar.
“¡Hombres de poca fe!” ¡Cómo sería el dolor que traspasó a los discípulos! “¡Volvimos a fallar!” Y cómo serán las punzadas de dolor en nosotros cuando repetidamente nos demos cuenta de que el corazón de Jesús se hubiera gozado a plenitud, si hubiéramos permanecido absolutamente confiados en Él, sin importar lo que estuviéramos enfrentando.
Hay épocas en la vida cuando no se presentan tormentas ni crisis y damos lo mejor de nosotros en términos humanos. Pero cuando surge la crisis, instantáneamente vamos a revelar en quién confiamos. Si hemos estado aprendiendo a adorar a Dios y a confiar en Él, la crisis revelará que podemos llegar hasta el límite, sin que se quebrante nuestra confianza en Él.
Hemos estado hablando mucho acerca de la santificación, pero, ¿cuáles son sus resultados en nuestra vida? Nos llevará a descansar en Dios, lo cual significa una total unidad con Él. Y esta unidad nos hará no sólo sin culpa delante de Él, sino que también le producirá un profundo gozo.
"Y nunca más lo vio...", 2 Reyes 2:12
No es malo depender de un “Elías”, mientras Dios sea quien te lo dé. Pero recuerda que vendrá tiempo cuando tendrá que irse y ya no será más tu guía ni tu líder porque Dios no quiere que él permanezca. Tú dices: “No puedo seguir sin mi Elías”, pero Dios dice que lo debes hacer.
Sólo en tu “Jordán” (2 Reyes 2:14). El río Jordán representa un tipo de separación donde no tienes ningún compañerismo con nadie y donde nadie más puede asumir tu responsabilidad. Ahora tienes que poner a prueba lo que aprendiste cuando estabas con tu Elías. Has ido al Jordán repetidas veces con él, pero ahora tienes que enfrentarlo solo. Es inútil decir que no puedes ir. Esta experiencia ha llegado y tienes que hacerlo. Si en verdad quieres saber si Dios es quien tu fe cree que es entonces cruza solo tu Jordán.
Sólo en tu Jericó (2 Reyes 2.15). Jericó representa el lugar donde has visto a tu Elías hacer cosas grandes. Sin embargo, cuando vienes a tu Jericó sientes una fuerte renuencia a tomar la iniciativa y confiar en Dios, y deseas que otro lo haga. Pero si permaneces fiel a lo que aprendiste con tu Elías, recibirás una señal, como la recibió Eliseo, de que Dios está contigo.
Sólo en tu Betel (2 Reyes 2:23). Al llegar a tu Betel descubrirás que has llegado al final de tus capacidades, pero al principio de la sabiduría de Dios. Cuando ya no sepas que más hacer y te sientas inclinado a sucumbir al pánico, no lo hagas. Permanece fiel a Dios y Él pondrá de manifiesto su verdad, en una forma que hará de tu vida una expresión de adoración. Pon en práctica lo que aprendiste al lado de tu Elías. Usa su manto y ora. Decídete a confiar en Dios y no busques más a Elías.
"De modo que los que padecen según la voluntad de Dios, encomienden sus almas al fiel Creador y hagan el bien", 1 Pedro 4:19
Elegir el sufrimiento significa que algo anda mal en ti. Pero elegir la voluntad de Dios, incluso si implica sufrir, es algo muy diferente. Ningún creyente normal escogerá jamás el sufrimiento, simplemente elige la voluntad de Dios, como lo hizo Jesús, sin importar que implique sufrir o no. Y ningún santo osará interferir con la disciplina del sufrimiento en la vida de otro santo.
El santo que satisface el corazón de Jesús hará que otros santos sean fuertes y maduros para Dios. Pero, la gente que nos compadece nunca nos fortalece. De hecho, siempre son un obstáculo, pues la conmiseración solamente sirve para debilitarnos. Ninguno puede comprender a un santo mejor que otro santo que esté lo más cerca posible de Jesús. Si aceptamos la conmiseración de otro creyente, el sentimiento que surge es: “Dios me está tratando duramente y haciendo mi vida difícil”. Por eso Jesús dijo que la autocompasión era del diablo (ver Mateo 16:22-23). Mejor ten misericordia de la reputación de Dios. Es fácil deshonrar su carácter debido a que Él nunca trata de defenderse ni de reivindicarse.
Cuídate de pensar que Jesús necesitó de compasión durante su vida en la tierra. Él rechazó la conmiseración de la gente porque en su gran sabiduría entendía que nadie comprendería su propósito. Sólo aceptó la compasión de su Padre y de los ángeles (ver Lucas 15:10).
Nota el increíble desperdicio que Dios hace de sus santos, según el criterio del mundo. Al parecer los coloca en los lugares más inútiles. Y entonces decimos: “¡Debido a que soy tan útil, Dios quiere que esté aquí!”. Sin embargo, Jesús nunca midió su vida con respecto al patrón de la máxima utilidad. Dios pone a sus santos donde ellos lo van a glorificar más y nosotros somos totalmente incapaces de juzgar dónde sea eso.
"... Y Jesús alzando los ojos a lo alto, dijo: Padre, gracias te doy por haberme oído", Juan 11:41
Cuando el Hijo de Dios ora, sólo está atento a su Padre y Él siempre escucha sus oraciones. Si el Hijo de Dios se está formando en mí, el Padre siempre escuchará las mías. Pero yo tengo que ver que el Hijo de Dios se manifieste en mi carne humana. "...Vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo", 1 Corintios 6:19, es decir, tu cuerpo es el Belén del Hijo de Dios. ¿Le estoy dando la oportunidad de que obre en mí? ¿La franca sencillez de la vida de Jesucristo se está manifestando exactamente como ocurrió mientras estuvo aquí en la tierra? Cuando entro en contacto con los acontecimientos diarios de la vida como un ser humano común, ¿se ora en mi interior la oración del Hijo Eterno de Dios a su Padre? Jesús dice: "En aquel día pediréis en mi nombre", Juan 16:26. ¿De qué día habla? El día en que el Espíritu Santo vino a mí y me hizo uno con mi Señor.
¿Se está satisfaciendo el Señor Jesucristo de la plenitud en tu vida, o caminas con orgullo espiritual delante de Él? Nunca dejes que el sentido común se haga tan prominente y vigoroso que empuje al Hijo de Dios a un lado. El sentido común es un don que Dios le dio a la naturaleza humana, pero no es el don de su Hijo. El sentido sobrenatural es el don de su Hijo. Nunca entronices al sentido común. El Hijo siempre reconoce al Padre y se identifica con Él, el sentido común jamás lo ha hecho ni lo hará.
Nuestras capacidades ordinarias nunca adoran a Dios, a menos que el Hijo que mora en nosotros las transforme. Tenemos que asegurarnos de que nuestra carne humana se mantenga en perfecta sujeción a Él y que Él obre a través de ella en todo momento. ¿Estamos viviendo en tal dependencia humana de Jesucristo que su vida se está manifestando en nosotros, momento a momento?
"... El Santo Ser que va a nacer será llamado Hijo de Dios", Lucas 1:35
Si el Hijo de Dios ha nacido dentro de mi carne humana, ¿estoy permitiendo que su santa inocencia, sencillez y unidad con el Padre tengan la oportunidad de manifestarse en mí? Lo que le ocurrió a la virgen María, cuando el Hijo de Dios entró históricamente en este mundo, ocurre en todo creyente.
El Hijo nace dentro de mí por la acción directa de Dios. Luego, yo, como su hijo, tengo que ejercitar el derecho de hijo, el derecho de estar siempre cara a cara con mi Padre a través de la oración.
¿Continuamente le pregunto con asombro a mi sentido común la razón por la que trata de desviarme en algún punto? ¿No sabías que en los negocios de mi Padre me es necesario estar? Sin importar cuáles sean nuestras circunstancias, el Hijo santo, inocente y eterno tiene que estar en contacto con su Padre.
¿Soy lo bastante sencillo para identificarme con mi Señor de esta manera? ¿Está Él ejerciendo su maravillosa voluntad en mí? ¿Se está cumpliendo la voluntad de Dios de que su Hijo se forme en mí (ver Gálatas 4:19), o lo he puesto cuidadosamente a un lado? ¡Ay, el ruidoso clamor de estos días! ¿Porqué todo el mundo parece estar clamando tan fuerte? La gente está pidiendo que muera el Hijo de Dios. Aquí no hay lugar para Él en este momento, no hay lugar para una tranquila y santa comunión con el Padre. ¿El Hijo de Dios está orando en mí llevándole honor al Padre, o le estoy dictando mis exigencias a Él? ¿Está ministrando en mí como lo hizo en los días de su humanidad aquí en la tierra?
¿Está el Hijo de Dios en mí sufriendo su pasión, para que sus propósitos se cumplan? Cuanto más sabemos de la vida interior de los más maduros santos de Dios, tanto más se ve lo que realmente es el propósito divino, "contemplando lo que falta de las aflicciones de Cristo", Colosenses 1:24; LBLA. Y cuando pensamos en lo que implica “completar”, siempre hay algo que falta por hacer.
"¿Acaso no sabíais que me era necesario estar en la casa de mi Padre?", Lucas 2:49
La infancia de nuestro Señor no fue una adultez inmadura, su infancia es un hecho eterno. ¿Yo soy un hijo de Dios, santo e inocente mediante la identificación con mi Señor y Salvador? ¿Considero mi vida como si estuviera en la casa de mi Padre? ¿Habita el Hijo de Dios en la casa de su Padre dentro de mí?
Dios es la realidad permanente y su orden me llega momento tras momento. ¿Estoy siempre en contacto con la realidad de Dios, o solamente oro cuando las cosas van mal, cuando hay una perturbación en mi vida? Tengo que aprender a identificarme con mi Señor en una comunión santa, en ciertas formas que algunos de nosotros no hemos empezado a aprender todavía. Me era necesario estar en la casa de mi padre y vivir en ella cada momento de mi vida.
Piensa en tus propias circunstancias. ¿Estás tan identificado con la vida de nuestro Señor que eres simplemente un hijo de Dios que le habla todo el tiempo y que comprende que todo viene de sus manos? ¿El Hijo eterno que vive en ti está viviendo en la casa de su Padre? ¿Se está manifestando a través de ti la gracia de su vida que ministra, en tu hogar, en tu negocio y en tu círculo de amigos? ¿Has venido preguntándote porqué estás pasando por ciertas circunstancias? De hecho, no es que tengas que pasar por ellas, las vives por causa de la relación en la que ha entrado el Hijo de Dios contigo, según la providencia del Padre en tu condición específica como santo de Dios. Debes permitirle hacer su voluntad contigo, permaneciendo en una perfecta unión con Él.
La vida de tu Señor se debe convertir en tu vida, sencilla y vital. La manera como Él obró y vivió entre la gente mientras estuvo aquí en la tierra debe ser la manera como Él obra y vive en ti.
"En aquel día pediréis en mi nombre", Juan 16:26
Somos muy dados a pensar en la cruz como en algo por lo cual tenemos que pasar. Sin embargo, pasamos por ella sólo para entrar en ella.
La cruz sólo tiene un significado para nosotros: una completa y absoluta identificación con el Señor Jesucristo y no hay nada en lo cual esta identificación se haga más real que en la oración.
"Vuestro Padre sabe de qué cosas tenéis necesidad antes que vosotros le pidáis", Mateo 6:8. Entonces, ¿porqué debemos pedir? La intención de la oración no es conseguir respuestas de Dios, sino tener una perfecta y completa unidad con Él. Si oramos sólo porque queremos el resultado, nos enojaremos con Dios. La oración es contestada cada vez que oramos pero no siempre viene en la manera que esperamos y nuestro enojo espiritual muestra el rechazo a identificarnos verdaderamente con nuestro Señor en la oración. No estamos aquí para probar que Dios contesta, sino para ser monumentos vivientes de la gracia divina.
"No os digo que yo rogaré al Padre por vosotros, pues el Padre mismo os ama", Juan 16:26-27. ¿Has alcanzado un nivel tal de intimidad con Dios que lo único que cuenta para tu vida de oración es que se vuelva una con la del Señor Jesucristo? ¿Ha reemplazado Él tu vida por la suya? Si es así, en aquel día estarás tan identificado con Jesús que no habrá distinción.
Cuando parezca que tu oración no fue respondida, guárdate de echarle la culpa a otro. Esa siempre es una trampa de Satanás. Cuando parece que no hay respuesta, siempre hay una razón. Dios usa estos momentos para darte una profunda enseñanza personal, la cual es sólo para ti.
"Cuando lleguemos a Jerusalén se cumplirán todas las cosas escritas por los profetas acerca del Hijo del hombre... Sin embargo, ellos nada comprendieron de estas cosas...", Lucas 18:31,34
Dios llamó a Jesucristo a lo que parecía un terrible desastre.
Jesucristo llamó a sus discípulos para que lo vieran morir, los condujo a todos, sin excepción, al lugar donde el corazón de ellos se quebrantó. La vida de nuestro Señor fue un absoluto fracaso desde todo punto de vista, excepto el de Dios. Pero, lo que parecía un fracaso ante los ojos del hombre, fue un extraordinario triunfo desde la perspectiva divina porque los propósitos de Él nunca son los del hombre.
El desconcertante llamado de Dios también viene a nuestra vida y no se puede enunciar de una forma clara y detallada porque es implícito. Es un llamado que sólo nuestra verdadera naturaleza interior puede percibir y entender. Es como el llamado del mar: nadie lo oye sino aquel que tiene en sí mismo la naturaleza del mar. No se puede afirmar de una manera cierta cuál es el llamado de Dios, porque su llamamiento es sencillamente para ser Sus amigos y alcanzar Sus propios propósitos. La prueba real es creer verdaderamente que ÉL sabe lo que quiere. Las cosas que suceden, no ocurren por casualidad, sino enteramente por el mandato de Dios. El está llevando a cabo sus propósitos.
Si estamos en comunión y unidad con Él y reconocemos que nos está dirigiendo hacia sus propósitos, no trataremos más de descubrir cuáles son. A medida que crecemos en la vida cristiana, ésta se vuelve más sencilla porque nos sentimos menos inclinados a decir: “Me pregunto porqué permitiría Dios esto o aquello”, e inmediatamente nos damos cuenta de que, detrás de todo, se encuentra su propósito que nos constriñe. ¡Existe un Dios que determina nuestro propósito! Un cristiano es alguien que confía en el conocimiento y la sabiduría de Él y no en sus propias capacidades. Los propósitos nuestros destruyen la sencillez y la tranquilidad que deberían distinguir a los hijos de Dios.
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